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Trump rebautiza la IA como “superinteligencia”: cambia el nombre, no la ciencia

🕒 Publicado en Zendoric: 30 de septiembre de 2026 · 00:34

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Trump reunió en Washington a Musk, Zuckerberg, Nadella, Amodei, Huang y Bezos para sellar un pacto “moralmente vinculante” sin detalles públicos y anunciar que EE UU llamará “superinteligencia” a la IA, mientras rechaza cualquier supervisión internacional.

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Por Zendoric · 30 de septiembre de 2026.

Donald Trump reunió el martes 29 de septiembre en Washington a la cúpula de la industria de la inteligencia artificial —Jensen Huang (NVIDIA), Elon Musk, Mark Zuckerberg (Meta), Satya Nadella (Microsoft), Dario Amodei (Anthropic), Greg Brockman (OpenAI), Lisa Su (AMD) y Jeff Bezos, además de representantes de Palantir, Broadcom y Micron— para discutir el futuro de la tecnología. Según recoge Publimetro México, los asistentes firmaron un acuerdo descrito como “moralmente vinculante”, cuyo contenido no se ha hecho público. El mismo día, la Casa Blanca presentó America.gov, un portal gubernamental que usa IA para facilitar a los ciudadanos el acceso a información y servicios del Estado.

El encuentro llega una semana después de que Trump, en su discurso ante la Asamblea General de la ONU del 22 de septiembre, rechazara cualquier estructura internacional de supervisión de la IA y anunciara que Estados Unidos dejará de llamarla oficialmente “inteligencia artificial” para referirse a ella como “superinteligencia”, al considerar que el adjetivo “artificial” sugiere una inteligencia falsa. Según Seoul Economic Daily, el presidente prepara una orden ejecutiva que formalizaría ese cambio de nombre y respaldaría la autorregulación del sector. CNBC señala, además, que la maniobra se produce mientras las encuestas muestran un retroceso de Trump en un asunto clave, lo que añade una lectura de comunicación política al anuncio.

Conviene separar dos cosas que el episodio mezcla deliberadamente: el lenguaje y la ciencia. Que la Casa Blanca decida llamar “superinteligencia” a sistemas que hoy siguen cometiendo errores básicos, alucinando datos y necesitando supervisión humana constante no acerca un solo milímetro a esa tecnología a serlo de verdad. La superinteligencia, entendida como un sistema que supera de forma general la capacidad cognitiva humana, sigue siendo un horizonte de investigación, no una etiqueta que se decrete en un salón de la Casa Blanca. Es la misma confusión entre aspiración y capacidad demostrada que ya hemos señalado en el terreno geopolítico con China: el marketing corre más rápido que los benchmarks.

Lo más significativo de la foto, en realidad, no es semántico sino de poder. Pocas veces se ha visto en la misma sala a competidores directos —OpenAI y Anthropic, Meta y Microsoft, Musk enfrentado judicialmente con varios de los presentes— firmando un mismo documento bajo el paraguas de la Casa Blanca. Un pacto “moralmente vinculante” sin cláusulas conocidas, sin mecanismo de cumplimiento conocido y sin supervisión externa no es gobernanza: es una declaración de intenciones que deja la regulación efectiva en manos de las propias empresas que se benefician de que no la haya. Rechazar a la vez cualquier marco internacional de control, como hizo Trump ante la ONU, refuerza esa lectura: se opta por la autorregulación de un puñado de compañías que ya concentran el capital, el cómputo y ahora también el acceso político.

Esto no es un matiz menor para quien defiende, como hacemos en Zendoric, una gobernanza de la IA basada en evidencia. El riesgo de corto plazo no es que la tecnología se llame de una forma u otra, sino que la ausencia de reglas verificables en la fase de despliegue —cuando estos sistemas ya afectan al empleo, a la información pública y a las decisiones automatizadas de gobiernos y empresas— se disfrace de progreso con un cambio de nombre. Que el mismo día se estrenara America.gov, un portal público apoyado en IA, es un ejemplo modesto pero real de cómo la tecnología ya se integra en la administración; ese uso concreto pesa más que cualquier rebautizo.

A largo plazo seguimos convencidos de que sistemas capaces de acelerar la investigación médica, alargar la vida sana y generar abundancia son el destino razonable de esta tecnología, si se desarrolla con criterio. Pero ese futuro se construye con avances medibles —en biología, en materiales, en capacidad de razonamiento verificada— y con instituciones que rindan cuentas, no con un decreto que cambia una palabra en un comunicado. Cuanto más se use el término “superinteligencia” como recurso retórico antes de que exista, más fácil será que el público confunda el relato con el hecho, y más daño hará al día en que la distinción sí importe de verdad.

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Fuentes y referencias