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← Volver al día · 6 de noviembre de 2026

Los centros de datos son una maravilla técnica, pero nadie los quiere cerca de casa

🕒 Publicado en Zendoric: 6 de noviembre de 2026 · 00:20

✨ Generado con IA · cómo se hace

El artículo de opinión de MIT Technology Review, firmado por Mat Honan y publicado el 14 de enero de 2026, plantea una paradoja: los centros de datos de hiperescala son un prodigio de ingeniería y, al mismo tiempo, generan un rechazo vecinal creciente en buena parte de Estados Unidos.

El artículo de opinión de MIT Technology Review, firmado por Mat Honan y publicado el 14 de enero de 2026, plantea una paradoja: los centros de datos de hiperescala son un prodigio de ingeniería y, al mismo tiempo, generan un rechazo vecinal creciente en buena parte de Estados Unidos.

El texto describe primero la magnitud de estas instalaciones. Una sola puede ocupar millones de pies cuadrados, requerir millones de libras de acero, aluminio y hormigón, y albergar cientos de miles de GPU de gama alta que trabajan en paralelo para ejecutar modelos de IA. Según el artículo, un solo chip puede costar más de 30.000 dólares, y sus sistemas de refrigeración son por sí mismos obras de ingeniería compleja. El autor señala además que el volumen de capital invertido en su construcción es tan grande que, como muchos sostienen, sostiene por sí solo la bolsa y la economía estadounidenses, y recuerda el anuncio de una inversión privada de 500.000 millones de dólares en centros de datos realizado por el presidente de EE. UU. junto al consejero delegado de OpenAI, en su primer día completo en el cargo.

Frente a ese entusiasmo, el artículo documenta el rechazo ciudadano: en Virginia, el estado que lidera su construcción; en Nevada, por el consumo de agua; en Michigan, Arizona y Dakota del Sur, donde vecinos de Sioux Falls increparon a los concejales tras aprobarse un centro de datos. Pero el caso central es Georgia, un estado políticamente dividido en el que, según el autor, casi todos coinciden en estar hartos de estas instalaciones.

El año pasado, las elecciones a la Comisión de Servicios Públicos de Georgia resultaron inesperadamente ajustadas y acabaron en una sorpresa para los comisionados republicanos en el cargo. Aunque la política nacional pudo influir, el tema central fue el disparo de las facturas eléctricas, atribuido con frecuencia al auge de centros de datos, solo comparable al de Virginia. Ese auge tiene origen político: en 2018, la Asamblea General de Georgia aprobó exenciones fiscales para equipos informáticos, refrigeración, creación de empleo y propiedad.

El ejemplo local es Bolingbroke, en el condado de Monroe (27.954 habitantes). Los comisionados estudiaban recalificar 900 acres cerca de la localidad (492 habitantes) para un centro de datos. Según The Telegraph de Macon, unas 900 personas acudieron a una reunión y la oposición fue casi unánime. Los promotores habían prometido millones de dólares para el condado, que la instalación quedaría oculta y que cumpliría los más altos estándares ambientales. Aun así, el condado rechazó el proyecto en agosto del año pasado. En el cercano condado de Twiggs, en cambio, las autoridades permitieron avanzar un centro de 300 acres pese a una oposición fuerte y organizada, lo que indica que la opinión pública a menudo no pesa en la decisión.

El autor enumera las razones evidentes del rechazo. Primera: la velocidad y escala de construcción afectan a las redes eléctricas y encarecen las facturas, ya que las ampliaciones de capacidad benefician a las tecnológicas pero su coste se reparte entre los consumidores locales. Como ejemplo, un centro de datos previsto de Meta en Wyoming requeriría más electricidad que todos los hogares del estado juntos. Segunda: el impacto ambiental, pues a menudo se recurre a energías sucias; se cita el caso de xAI en Memphis con generadores de metano. La nuclear se menciona como alternativa, pero las centrales tradicionales tardan una década o más y los reactores nuevos tardarán años. Tercera: el consumo de agua, muy variable y a menudo opaco, y varios estados intentan obligar a divulgarlo. Cuarta: el ruido, un zumbido constante las 24 horas, comparado con «una autopista que nunca se detiene». Quinta: el empleo, ya que una vez terminada la obra emplean a muy poca gente.

Honan sospecha que hay además una razón emocional, y la compara con las protestas de hace más de una década contra los autobuses de empresa de las tecnológicas de Silicon Valley en San Francisco. Aquellos autobuses usaban recursos públicos, como las calles, sin que se percibiera que pagaban su parte, pero las protestas hablaban de algo mayor: la gentrificación y la transformación de la sociedad por la industria tecnológica. No se podía detener a Google, pero sí a un autobús de Google. Los autobuses acabaron regulándose.

Según el autor, ocurre algo parecido con los centros de datos. Se nos dice que la IA transforma la sociedad y está en casi todas las aplicaciones, incluso para quien no usa ChatGPT, Claude o Gemini. Hay temor a la pérdida de empleos o incluso a algo peor, y, hasta ahora, los resultados no han estado a la altura de las promesas. Quizá no se pueda frenar a Google, pero sí a uno de sus centros de datos.

El artículo cierra con un tono escéptico sobre el alcance de la resistencia: los autobuses, aunque regulados, siguen siendo habituales y San Francisco está más gentrificada que nunca. Y en el condado de Monroe la vida continúa: en octubre, Google confirmó que había comprado 950 acres de terreno junto a la autopista interestatal y que planea construir allí un centro de datos.

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Fuentes y referencias