Cómo se sienten los niños sobre la IA, en sus propias palabras

🕒 Publicado en Zendoric: 4 de septiembre de 2026 · 09:12
✨ Generado con IA · cómo se hace
El artículo, publicado por MIT Technology Review como parte de su número especial dedicado a la infancia y adolescencia, recoge entrevistas directas con chicos y chicas de entre 10 y 18 años en Estados Unidos y Canadá sobre su relación con la inteligencia artificial.
El artículo, publicado por MIT Technology Review como parte de su número especial dedicado a la infancia y adolescencia, recoge entrevistas directas con chicos y chicas de entre 10 y 18 años en Estados Unidos y Canadá sobre su relación con la inteligencia artificial. Las autoras, periodistas que además dirigen una revista impresa independiente para preadolescentes y adolescentes, explican que partieron con expectativas concretas —esperaban historias de trampas académicas al estilo de generaciones anteriores con CliffsNotes o calculadoras programables, y preocupaciones genéricas sobre deepfakes o pérdida de empleos— pero se encontraron con un panorama mucho más matizado, que va desde el rechazo frontal hasta el uso creativo y emprendedor.
Uno de los hallazgos centrales es que la IA no parece ser, para la mayoría de los niños más pequeños, un objeto de deseo comparable a un iPhone o una cuenta de Snapchat. Muchos la conocieron a través de sus padres o de la escuela, o simplemente la encuentran ya integrada en herramientas que usan a diario, como el buscador de Google. El artículo cita una encuesta del Pew Research Center publicada en febrero de 2026: un 57% de los adolescentes estadounidenses había usado chatbots para buscar información, un 54% para tareas escolares y un 47% por diversión o entretenimiento, mientras que solo un 12% los había usado para apoyo emocional o consejos. Es decir, según ese dato, los adolescentes son más de cuatro veces más propensos a usar la IA de forma inocua que de maneras potencialmente problemáticas.
Las autoras defienden una postura clara frente al pánico moral: el peligro es motivo para enseñar a usar la herramienta, no para evitarla, de la misma manera que no se le enseña a un adolescente a nunca conducir, sino a revisar los puntos ciegos. Y subrayan que lo que más les sorprendió fue lo bien que los propios chicos son capaces de trazar límites sobre qué partes de su pensamiento, su creatividad o su vida social están dispuestos a delegar en una máquina y cuáles no.
Entre los testimonios recogidos destaca el de Remy, de 16 años (Nueva York), programador que se declara 'indiferente' ante la IA en su vida personal: practica taekwondo, lee y queda con amigos sin necesitarla, aunque usa la versión gratuita de Claude para proyectos de programación fuera del colegio, como ajustar el overclock de su ordenador. En el instituto, sin embargo, cree que la IA ha empeorado sus tareas, porque los profesores, temiendo el uso de chatbots, ahora limitan los ensayos a exámenes de 70 minutos en clase, lo que a su juicio perjudica su escritura. Menciona además que Princeton votó permitir por primera vez en más de un siglo que el profesorado vigile los exámenes presenciales, rompiendo un código de honor de 1893, precisamente por la irrupción de la IA. Como ejemplo de los riesgos, relata que un grupo de hackers manipuló el chatbot de Instagram para restablecer contraseñas de cuentas famosas, como la de Obama, y publicar contenido desde ellas. Remy compara el estado actual de la IA con los primeros coches o aviones: una invención fascinante pero todavía tosca.
Danielle, de 18 años (California), estudia ingeniería y trabaja en un proyecto llamado Next Voters junto a un equipo de compañeros más orientados a lo técnico, mientras ella se ocupa del escalado: un sistema de agentes de IA que rastrea webs oficiales de ayuntamientos y estados, verifica la autenticidad de las fuentes, las actualiza semanalmente, las clasifica por temas como derechos civiles, inmigración o economía, y redacta un boletín semanal que convierte documentos oficiales extensos en resúmenes claros y citados. Su objetivo es reducir las barreras a la participación democrática, especialmente tras notar en su clase de inglés que un compañero desconocía que había una guerra en Ucrania. Para ella, la IA no es buena ni mala en sí misma —depende de quién la use— y su proyecto busca 'repartir las cartas' de información para que los jóvenes piensen críticamente por sí mismos, no que la IA piense por ellos. Lo que más le preocupa es el impacto de la desinformación y los sesgos amplificados por la confianza excesiva en la IA.
En el extremo opuesto está Hazel, de 17 años (Nueva York), que resume su sentimiento hacia la IA con una sola palabra: 'enfadada', y su consejo a otros chicos es simplemente 'dejad de usarla'. Amante de la escalada y el senderismo, le preocupa sobre todo el impacto ambiental de los centros de datos que sostienen la IA: el consumo masivo de agua que se extrae de comunidades locales y el calor que estas instalaciones generan, capaz de elevar la temperatura del entorno. Como forma de protesta cotidiana, evita interactuar con la IA cada vez que aparece, aunque reconoce que resulta aislante cuando todos a su alrededor la usan.
Wesley, de 14 años (Ohio), presentado en el artículo como 'el narrador', quiere que su creatividad siga siendo completamente suya: usa la IA solo para tareas técnicas, como revisar la gramática de un relato o depurar un juego que programó, pero nunca para generar contenido creativo. Sí reconoce usar por diversión Character.AI, una plataforma donde los usuarios crean personajes con perfiles y los comparten públicamente para interactuar con ellos; él mismo se unió a una tripulación pirata inspirada en One Piece, la serie que ve en Netflix. Advierte que el contenido de la plataforma es bastante desfiltrado y que conviene tener cuidado con lo que se explora, y señala una limitación técnica: en la versión gratuita, la memoria de las conversaciones se agota y el chatbot empieza a olvidar el hilo si la charla se alarga demasiado.
Sylvia, de 10 años (Michigan), representa la mirada más infantil e inocente: no ha usado personalmente ChatGPT o Claude, aunque su madre sí, y compara la IA con una calculadora que hace cosas por ti. Le molesta que la IA pueda engañar, como cuando su madre descubrió que unas canciones que le gustaban en Spotify habían sido compuestas enteramente por IA. En el colegio usa una herramienta llamada SchoolAI para recibir ideas o ayuda en la revisión de sus textos, pero insiste en que el dibujo y la composición de canciones —sus grandes pasiones— quiere seguir haciéndolos ella misma.
Evelyn, de 13 años (Oregón), aporta una perspectiva médica muy personal: diagnosticada con diabetes tipo 1 en enero, su monitor de glucosa y su bomba de insulina se comunican entre sí mediante IA para predecir y ajustar automáticamente las dosis, anticipando subidas o bajadas de azúcar en sangre y avisándola por la noche si su nivel cae. Antes de tener la bomba, sufría episodios de hipoglucemia casi cada noche; ahora duerme mejor gracias a este sistema. También usa la IA para calcular carbohidratos al cocinar o como apoyo de estudio, aunque afirma tajantemente que nunca querría que la IA fuera su médico. Se declara moderadamente optimista: cree que los beneficios superan a los riesgos y que los humanos seguimos controlando la tecnología.
Finalmente, Krishiv, de 18 años (Ontario, Canadá), es el perfil más emprendedor: de niño construía mundos en Minecraft y juegos en Scratch, y al llegar al instituto, ante la imposibilidad de acceder a un tutor de IA de Khan Academy en fase de lista de espera, decidió crear el suyo propio, llamado Aceflow, capaz de convertir vídeos de clase, PDFs o diapositivas en preguntas de práctica ilimitadas con explicaciones al estilo del profesor. La herramienta, que empezó a compartir en TikTok, atrajo miles de usuarios y le abrió puertas: puestos a tiempo parcial en la empresa canadiense de IA BenchSci y en la firma de capital riesgo Simple Ventures, participación en un laboratorio de IA del MIT, coimpartir un curso sobre agentes de IA con un profesor del MIT, y el lanzamiento de una plataforma de preparación para el SAT llamada CheetahPrep.com. Defiende que su tutor de IA democratiza algo que antes solo tenían las familias con recursos para pagar tutores privados, recordando una experiencia en octavo curso enseñando programación a un grupo de estudiantes con necesidades especiales que terminaron creando videojuegos sorprendentes con atención personalizada. Aun así, admite que el miedo inicial de otros chicos ante la IA es una señal importante que no debe ignorarse.
El reportaje incluye también un elemento lúdico, un 'medidor de vergüenza' (Cringe-o-meter) en el que los propios menores puntúan distintos usos de la IA, desde lo totalmente aceptable hasta lo inaceptable, aunque el texto descargado no detalla las puntuaciones concretas asignadas a cada uso.
Como conclusión, las autoras señalan que, a diferencia de lo que muchos adultos suponen, estos jóvenes no temen tanto que la IA les quite el empleo como que dañe a la sociedad en su conjunto, y que la mayoría, incluso quienes la usan con soltura, quiere mantener el control sobre su propio pensamiento, su voz y sus relaciones. El artículo cierra con una corrección editorial: una versión anterior había indicado mal la edad de Krishiv, que tenía 18 años en el momento de la publicación.
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