Trump pone a su jefe de inteligencia al frente de la IA y apuesta por la autorregulación de los laboratorios

🕒 Publicado en Zendoric: 5 de octubre de 2026 · 00:06
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La Casa Blanca anuncia la 'Fuerza de Superinteligencia', un grupo de trabajo que encabezará Jay Clayton, director de inteligencia nacional, con 120 días para entregar un informe. El mismo fin de semana, el secretario del Tesoro calificó de 'alarmistas' las advertencias sobre riesgos existenciales que lanza la propia industria.
Por Zendoric · 5 de octubre de 2026.
Donald Trump ya tiene a su interlocutor para la inteligencia artificial, aunque no lleva el título de "zar". El presidente anunció en redes sociales la creación de un grupo de trabajo de la Casa Blanca bautizado "Fuerza de Superinteligencia" —su término preferido para referirse a la IA— y puso al frente a Jay Clayton, su director de inteligencia nacional desde julio. Le acompañan el subsecretario del Pentágono Andrew Ferguson, el director de tecnología Emil Michael y el director de la Oficina de Gestión de Personal Scott Kupor, todos reportando directamente a Trump y a la jefa de gabinete Susie Wiles. El grupo tiene 120 días para entregar un informe, según el Wall Street Journal.
La misión declarada, en palabras de Clayton, es "garantizar que sigamos siendo líderes en superinteligencia y que los intereses del pueblo estadounidense sean prioritarios". Es una formulación que mezcla dos objetivos distintos —ganar la carrera tecnológica y proteger a los ciudadanos de sus riesgos— como si fueran la misma cosa. Trump ha sido explícito al respecto: rechaza nueva regulación gubernamental y respalda en su lugar un marco voluntario con auditorías de seguridad externas y controles internos más estrictos. "Tenemos una gran ventaja, y vamos a mantenerla", dijo la semana pasada ante ejecutivos del sector.
El contraste llega por boca de su propio gabinete. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, calificó en una entrevista con Axios publicada el 3 de octubre las advertencias de destacados líderes de IA sobre riesgos existenciales de alarmistas e inútiles, e instó a la industria a autorregularse; la responsabilidad, dijo, queda en los jefes de los laboratorios: "la responsabilidad recae en los responsables de los laboratorios, y estoy de acuerdo con eso". Resulta llamativo que la semana pasada Trump recibiera en la Casa Blanca a casi dos docenas de ejecutivos de Silicon Valley —entre ellos Jensen Huang, de Nvidia, y Dario Amodei, de Anthropic— precisamente para hablar de esos riesgos. Amodei lleva meses siendo una de las voces más insistentes en advertir sobre escenarios catastróficos de la IA; que el secretario del Tesoro tache esas advertencias de alarmismo el mismo fin de semana en que la administración monta un grupo de trabajo para vigilar la superinteligencia revela una tensión que el anuncio no resuelve, solo la aplaza.
Nuestra lectura es que esta jugada dice más sobre arquitectura de poder que sobre seguridad técnica. Clayton no es un tecnólogo: es abogado de formación, expresidente de la Comisión de Bolsa y Valores (SEC) en el primer mandato de Trump, y ahora supervisa toda la burocracia de inteligencia estadounidense. Ponerlo al frente de la supervisión de la IA, en lugar de a un responsable técnico o a un regulador sectorial, confirma que Washington está tratando la superinteligencia ante todo como un asunto de seguridad nacional frente a China, no como un problema de ingeniería de seguridad que requiera reglas vinculantes. Es coherente con un patrón que ya hemos señalado en la rivalidad tecnológica entre ambas potencias: la ventaja se mide en capacidad y control geopolítico, no en garantías verificables para el usuario final.
A corto plazo, ese diseño tiene un coste concreto: la autorregulación con auditorías voluntarias deposita la última palabra sobre qué es seguro en los mismos laboratorios que compiten por ser los primeros en llegar a la superinteligencia, exactamente el incentivo que menos conviene mezclar con control de riesgo. Si el informe de aquí a 120 días —en torno a febrero de 2027— se traduce en estándares de auditoría creíbles y verificables externamente, habrá sido un primer paso útil hacia la gobernanza basada en evidencia que defendemos. Si en cambio se queda en un marco voluntario sin dientes mientras la carrera con China sirve de excusa permanente para no legislar, el resultado será una concentración de la capacidad de decidir sobre IA en un puñado de laboratorios y en un grupo reducido de altos cargos sin perfil técnico, justo cuando más instituciones independientes de supervisión harían falta. La diferencia entre ambos escenarios no se verá en el anuncio de hoy, sino en si ese informe llega con normas comprobables o con otro comunicado más sobre liderazgo estadounidense.
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