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Casar y Sanders quieren prohibir la superinteligencia en EE.UU.; la Casa Blanca ya dice que no

🕒 Publicado en Zendoric: 25 de septiembre de 2026 · 03:17

✨ Generado con IA · cómo se hace

Un legislador de Texas y Bernie Sanders presentan un proyecto para prohibir la superinteligencia artificial y crear una agencia federal que la vigile. Trump lo descarta mientras negocia con Xi Jinping en la ONU: quiere dejar la IA "exactamente donde está".

Por Zendoric · 25 de septiembre de 2026.

El representante demócrata Greg Casar (Austin, Texas) y el senador Bernie Sanders han presentado una propuesta de ley para prohibir el desarrollo de "superinteligencia artificial", definida en el texto como un sistema con capacidades cognitivas que superan a las humanas y con potencial para "destruir a la humanidad". La norma crearía además una agencia federal de rango de gabinete encargada de vigilar los sistemas de IA y de impulsar acuerdos internacionales para frenar esta tecnología en otros países, según recoge Spectrum News.

El momento no es casual. La iniciativa llega mientras el presidente Donald Trump se reúne con el presidente chino Xi Jinping, con la seguridad de la IA como uno de los puntos de la agenda bilateral. Trump, sin embargo, ya ha fijado postura: en su discurso ante la Asamblea General de la ONU esta semana afirmó que no piensa "frenar el crecimiento de algo que será más grande que la revolución industrial", y en redes sociales ha pedido dejar la superinteligencia "exactamente donde está", con el Departamento de Justicia como único mecanismo de control. La Casa Blanca, a través de su portavoz adjunta Liz Huston, fue más allá y acusó a los demócratas de haber aplaudido un enfoque de la era Biden que, según ella, "asfixió la innovación" y "perjudicó a los consumidores".

Casar defiende la urgencia con una imagen deliberadamente alarmista: "La carrera armamentística de la IA no es una carrera que se gane. Es el tipo de carrera en la que, cuando cruzas la línea de meta, te caes por un precipicio". Brendan Steinhauser, estratega político tejano y director de la Alliance for Secure AI —la organización que reclama acción del Congreso sobre este asunto—, enmarca el riesgo en términos muy concretos: ciberseguridad, infraestructuras críticas de energía y agua, y "escenarios de pérdida de control". Steinhauser insiste en que esto "no es un tema partidista" y celebra que sean precisamente dos de los legisladores más progresistas del Congreso quienes lo hayan puesto sobre la mesa.

Conviene separar aquí dos planos que el propio artículo mezcla. Uno es el diagnóstico de riesgo —pérdida de control, infraestructuras críticas, armas de destrucción masiva—, que coincide con las preocupaciones que llevan meses expresando investigadores de seguridad y hasta algunos de los propios laboratorios punteros. El otro es la viabilidad política de este proyecto de ley concreto, que es prácticamente nula: con un Congreso de mayoría republicana y una Casa Blanca que ya ha calificado cualquier intento de regulación previa como "asfixiante", esto tiene todo el perfil de una ley de marcador, pensada para fijar posición y generar debate, no para tramitarse.

Nuestra lectura es que el episodio importa menos por el destino legislativo del texto que por lo que revela sobre el estado de la conversación pública en Washington. Prohibir por ley algo que ni siquiera existe todavía —no hay consenso técnico sobre cuándo, o si, se alcanzará una superinteligencia real— es una apuesta regulatoria de tipo preventivo, análoga en espíritu a los tratados de no proliferación nuclear: se intenta poner el límite antes de que la capacidad exista, no después. Es un enfoque defendible en teoría, pero choca con un problema que ya hemos señalado en otros análisis: la autorregulación de los laboratorios no es verificable desde dentro, y una agencia federal solo funciona si tiene dientes de auditoría independiente, no si se limita a "monitorizar". El texto, tal como lo describe la fuente, es aún corto en detalles sobre cómo se haría cumplir esa vigilancia o qué consecuencias tendría incumplirla.

A más largo plazo, el episodio confirma una tensión que va a marcar los próximos años: la administración Trump ha decidido apostar por la velocidad frente a China como prioridad number one, y cualquier freno regulatorio interno —venga de donde venga— se interpreta como una amenaza a esa carrera. Es una lectura entendible desde la geopolítica, pero también una simplificación: ganar la carrera tecnológica y gestionar sus riesgos catastróficos no son objetivos incompatibles, son las dos mitades del mismo problema. Nuestra tesis de fondo no cambia por este episodio: la IA puede llevarnos a una sociedad de abundancia y salud radicalmente mejor, pero solo si alguien se ocupa, en paralelo, de que el camino hacia ahí no pase por infraestructuras críticas hackeables o sistemas fuera de control. Proyectos como el de Casar y Sanders, aunque no prosperen, mantienen viva esa conversación en un momento en que la Casa Blanca prefiere no tenerla.

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Fuentes y referencias