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Alumnos de Colorado piden prohibir la IA generativa en el instituto: notas, agua y arte en el centro del debate

🕒 Publicado en Zendoric: 9 de octubre de 2026 · 00:18

✨ Generado con IA · cómo se hace

Dos alumnos de un instituto de Colorado piden prohibir la IA generativa en clase tras encuestar a 49 estudiantes y 5 profesores: alertan de caída de notas, menor actividad cerebral, consumo de agua de los centros de datos y arte "robado". La generación más nativa digital es la que más la cuestiona.

Por Zendoric · 8 de octubre de 2026. Dos estudiantes del Montezuma-Cortez High School (MCHS), en Cortez (Colorado), pidieron el martes a la junta del distrito escolar Re-1 que prohíba el uso de inteligencia artificial (IA) generativa en el centro. Peyton Perry y Will Blair presentaron los resultados de una encuesta propia a 49 alumnos y cinco profesores, según informó la radio comunitaria KSJD. No hablamos de una junta directiva tecnológica ni de un regulador: son dos adolescentes pidiendo protegerse de una herramienta que, según dijeron, ya se ha extendido "exponencialmente" por su instituto en el último año, hasta el punto de que a veces se ha exigido usarla en trabajos de clase.

El primer argumento fue el cognitivo. Perry citó un estudio que atribuyó a la American Psychological Association (APA, la asociación de psicólogos de EE.UU.), según el cual los menores que usan IA con frecuencia muestran peor rendimiento en los exámenes, menor actividad cerebral y una capacidad reducida para generar nuevas conexiones neuronales. El instituto lleva varios años intentando subir sus resultados en los exámenes, recordó la estudiante: si el diagnóstico es correcto, el objetivo declarado del centro choca de frente con la herramienta que está adoptando. Zendoric no ha podido verificar el estudio concreto que citó Perry, pero la preocupación de fondo no es marginal: en general, hay ya un cuerpo de investigación -del MIT Media Lab a varias universidades- sobre la llamada "descarga cognitiva" (cognitive offloading), la tendencia a dejar de ejercitar la memoria y el razonamiento propio cuando una máquina resuelve el problema por nosotros.

El segundo frente fue el agua. Perry subrayó que su región, en el suroeste de Estados Unidos, es "muy estresada" en recursos hídricos, y que los centros de datos que entrenan y ejecutan estos modelos consumen agua de forma directa -para refrigeración- y de forma indirecta, al disparar la demanda eléctrica. Citó un estudio según el cual, si se construyen todos los centros de datos hoy propuestos en el área de Phoenix, el consumo pasaría de 385 millones de galones al año a 3.700 millones, y parte de esa agua podría proceder de afluentes del río Colorado, entre ellos el Dolores, que recorre su propio condado.

El tercer argumento, defendido por Blair, fue el de la propiedad intelectual. A su juicio, que el personal del instituto use IA generativa para crear pósteres y materiales vulnera la política de derechos de autor del propio centro, porque, en sus palabras, "lo que la IA hace es robar" y su forma de acceder al arte ajeno es en sí misma poco ética. Citó como ejemplo que empresas como Midjourney afrontan demandas -aún no resueltas en los tribunales de EE.UU.- que las acusan de entrenar sus sistemas con obras protegidas sin autorización, y pidió que el instituto encargue ese trabajo a su propio alumnado artista en lugar de a un generador de imágenes.

Los profesores entrevistados matizaron el cuadro. Según Perry, reconocen que la IA puede ser útil para analizar datos, pero creen que limita su capacidad de conectar individualmente con cada alumno. Y algunos admitieron algo más incómodo: con una carga de trabajo que ha subido "sin que suba ni el tiempo ni la compensación", sienten que usar IA es ya casi obligatorio, "incluso si moralmente están en contra". Es la pinza que define buena parte de la adopción de IA en el sector público: no siempre la elige quien finalmente la usa.

Lo llamativo del caso de Cortez no es el contenido de los argumentos -el debate sobre cognición, agua y derechos de autor lleva tiempo circulando por el sector educativo-, sino quién los pone sobre la mesa. No son los padres, ni un sindicato de profesores, ni un regulador estatal: son dos adolescentes, la generación que, según el relato que suelen vender las propias empresas de IA, debería ser la más entusiasta con estas herramientas. Cuando el escepticismo nace dentro del grupo que se supone más beneficiado, merece más atención que cuando lo repite un adulto con prejuicios ya formados.

En Zendoric defendemos que, a largo plazo, la IA puede liberar tiempo y generar abundancia, también en la educación, si ayuda a personalizar el aprendizaje y libera a los profesores de tareas administrativas. Pero este episodio es un buen recordatorio de que esa promesa no se cumple sola: se cumple, o se frustra, según cómo se implante. Un distrito que llega a exigir el uso de IA generativa en trabajos de clase sin invertir antes en formación, sin aliviar la carga docente y sin resolver el debate sobre propiedad intelectual no está repartiendo abundancia: está trasladando el coste de la transición a quien tiene menos poder para negociarlo, ya sean alumnos o profesores.

La junta de Re-1 se limitó a agradecer la presentación, sin anunciar ningún cambio de política. Pero el patrón que describen Perry y Blair -adopción acelerada, sin marco claro, impuesta más que acordada- se repite en distritos de todo el país. Más que la prohibición total que piden estos dos estudiantes, eso es lo que de verdad habría que vigilar: no si la IA entra en las aulas, que ya ha entrado, sino si entra con las salvaguardas, la formación y el tiempo que tanto alumnos como profesores dicen que les faltan.

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Fuentes y referencias