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La IA que todos dicen odiar: por qué el rechazo público no frena su adopción masiva

🕒 Publicado en Zendoric: 6 de octubre de 2026 · 07:39

✨ Generado con IA · cómo se hace

El artículo, firmado por Will Douglas Heaven en MIT Technology Review, parte de una confesión llamativa: el director ejecutivo de Springboards —una startup que desarrolla un LLM pensado para generar respuestas más variadas que las de sus rivales— describió a su propia empresa como "una compañía de IA que se odia a sí…

El artículo, firmado por Will Douglas Heaven en MIT Technology Review, parte de una confesión llamativa: el director ejecutivo de Springboards —una startup que desarrolla un LLM pensado para generar respuestas más variadas que las de sus rivales— describió a su propia empresa como "una compañía de IA que se odia a sí misma", admitiendo que ni siquiera tienen claro si les gusta lo que hacen. El autor recoge el guante y confiesa sentir algo parecido como periodista especializado en IA: ama su trabajo, pero no necesariamente la tecnología que cubre, a la que ve deformada por el hype, secuestrada por fanáticos y omnipresente hasta resultar ineludible.

Esa ambivalencia, sostiene el artículo, no es un caso aislado sino el ánimo dominante en todo el mundo respecto a la inteligencia artificial: una relación de amor-odio muy marcada. Por un lado, el ánimo público se agria con rapidez. Según el Pew Research Center, más adultos estadounidenses creen que la IA tendrá un impacto negativo —tanto personal como para la sociedad en general— que quienes esperan un impacto positivo, y el pesimismo es más intenso entre los jóvenes. Un informe de Stanford University señala que más de la mitad de la población mundial afirma que los productos y servicios de IA le generan nerviosismo. Una encuesta de Gallup de mayo encontró que el 71% de los adultos estadounidenses se opondría a la construcción de un nuevo centro de datos de IA en su zona, una cifra muy superior al 53% que rechazaría una nueva planta nuclear. Y una encuesta de NBC de marzo situó a la IA como menos popular que el ICE (la agencia de inmigración y aduanas de EE. UU.).

Por otro lado, el número de usuarios de IA sigue disparándose. ChatGPT alcanzó los mil millones de usuarios mensuales en mayo, según la firma de análisis de mercado Sensor Tower, y Gemini, de Google DeepMind, le pisaba los talones con 950 millones de usuarios en julio. Según Pew, la mitad de los adultos estadounidenses dice usar ya un chatbot, más del doble que en 2023, y uno de cada cuatro lo usa a diario. Se trata, además, de un hábito global: más de un tercio de los adultos de los 38 países de la OCDE (el grupo de las democracias más ricas del mundo) declara haber usado herramientas de IA generativa en los últimos tres meses.

Todas estas encuestas, señala el autor, dibujan dos verdades contradictorias: mucha gente no soporta la IA y, a la vez, mucha gente no puede prescindir de ella. Ante esta paradoja, plantea varias hipótesis. Podría tratarse de dos grupos distintos de personas, pero duda que sea así: las cifras solo cuadran si ese diagrama de Venn tiende a convertirse en un círculo, es decir, si en buena medida se trata de las mismas personas que rechazan la IA en las encuestas y, al mismo tiempo, la usan a diario. También baraja que, cuanto más se usa la IA, más negativa se vuelve la opinión sobre ella, una idea respaldada por cierta correlación: el Norte Global, donde la adopción es más alta, tiende al pesimismo, mientras que en el Sur Global, con niveles de adopción menores, el optimismo es mayor.

Pero la explicación que el autor defiende con más convicción es otra: cuando la gente dice odiar la IA, no es la tecnología en sí lo que rechaza, sino el empeño incesante de las empresas que están detrás de ella por imponerla en el mayor número posible de ámbitos de la vida cotidiana. Esas compañías advierten a la sociedad que se prepare para la mayor disrupción social y económica en generaciones; resulta lógico, razona el autor, que la gente no reciba bien ese mensaje.

El texto traza un paralelismo con lo ocurrido con las redes sociales en los últimos veinte años: miles de millones de personas se sumaron a Facebook y Twitter pese al creciente "techlash" (rechazo social hacia las grandes tecnológicas) contra las compañías que las gestionaban, y algo similar sucedió con la búsqueda de Google. En aquel caso, apenas había margen de maniobra para el usuario: abandonar una plataforma suponía perder todo el contenido y las conexiones acumuladas, de modo que la única opción real era aguantarse o empezar de cero en otro sitio.

Con la IA, sin embargo, el autor ve margen para que la ciudadanía tenga más capacidad de influir en el rumbo de la tecnología. Por un lado, hay mayor apetito político por la regulación que en la época de las redes sociales: los 50 estados de EE. UU. han aprobado o propuesto leyes que regulan el desarrollo y despliegue de la IA, generando un mosaico de más de 2.100 proyectos de ley en todo el país, diez veces más que hace tres años. Por otro, ya existen en el mercado alternativas de código abierto de primer nivel frente a Google, OpenAI y Anthropic, lo que abre la puerta —al menos por ahora— a más capacidad de elección para el consumidor y a la presión de mercado que eso conlleva.

El autor se cuida de no caer en el optimismo ingenuo: reconoce que las empresas que valen billones de dólares son difíciles de mover. Aun así, insiste en que el futuro de la IA no está tan escrito como esas mismas compañías suelen dar a entender. Cuando preguntó al CEO de Springboards por qué seguía desarrollando un nuevo modelo si en el fondo no le convencía la IA, este respondió que ya no hay vuelta atrás con los grandes modelos de lenguaje, pero que sí se puede conseguir que hagan algo distinto. El artículo cierra con ese deseo: ver más propuestas distintas, más claridad honesta sobre lo que la IA puede y no puede hacer, y una tecnología que deje de venderse como si estuviera a punto de dominar el mundo.

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Fuentes y referencias