Trump decreta que la 'IA' se llame 'superinteligencia': cambia el nombre, no el riesgo

🕒 Publicado en Zendoric: 1 de octubre de 2026 · 00:22
✨ Generado con IA · cómo se hace
Una orden ejecutiva firmada el 29 de septiembre obliga a la Administración Trump a sustituir 'inteligencia artificial' por 'superinteligencia' (SI) en toda comunicación oficial, mientras el presidente tacha de 'bulo' los riesgos que media docena de gigantes tecnológicos sí reconocieron por escrito ese mismo día.
Por New York Magazine · 30 de septiembre de 2026.
El 29 de septiembre, Donald Trump firmó una orden ejecutiva que ordena a todas las agencias del poder ejecutivo estadounidense sustituir los términos "Artificial Intelligence" y "AI" por "Super Intelligence" y "SI" en correspondencia oficial, comunicaciones públicas, webs, informes y documentos de política, "en la medida máxima permitida por la ley". El texto llega diez días después de que Trump lanzara una encuesta en Truth Social pidiendo a sus seguidores un nombre "más elegante y preciso" para la IA: la consultó a 13,1 millones de seguidores, respondieron 66.000, y el nombre que acabó eligiendo ni siquiera figuraba entre las opciones del sondeo, según recoge el propio artículo.
La idea se había anunciado antes ante la Asamblea General de la ONU, el 22 de septiembre, en un discurso donde Trump calificó de "bulo" las preocupaciones sobre seguridad de la IA, equiparándolas al cambio climático y al caso "Russia, Russia, Russia". Su argumento, en sus propias palabras, fue que "artificial" hace que la inteligencia "suene falsa", y que "no es falsa: es sorprendente". La orden ejecutiva intenta dar una justificación más técnica, alegando que los sistemas actuales ya "exceden con creces" lo que se imaginaba cuando se acuñó el término IA en 1956.
El mismo 29 de septiembre, en una reunión en la Casa Blanca, seis líderes de la industria —Sundar Pichai (Google), Dario Amodei (Anthropic), Mark Zuckerberg (Meta), Jensen Huang (Nvidia), Greg Brockman (OpenAI) y Elon Musk (X)— firmaron un documento distinto, el "White House Accord on Super Intelligence". Trump dio a entender que era el mismo texto que su decreto, pero no lo es: el acuerdo de los seis ejecutivos es, según recoge el artículo, solo "moralmente vinculante", sin obligar legalmente a implementar ninguna barrera de seguridad concreta, y contiene una errata que le da la vuelta al cargo del propio Trump ("President of the Unites States"). Musk, al menos, se sumó al espíritu del cambio: publicó "Super Intelligence" en X durante el acto y se autocorrigió en directo cuando se le escapó decir "AI".
El contexto no es menor. Una encuesta de Quinnipiac citada en el artículo muestra que el 58% de los estadounidenses desaprueba la gestión de Trump sobre IA, frente a un 25% que la aprueba. Y la encuesta llega en un mes en el que varios ejecutivos del sector pidieron frenar el desarrollo tras las advertencias de un denunciante de Anthropic sobre la posibilidad de perder el control de la tecnología. Trump también afirmó haber comentado el cambio de nombre con Xi Jinping durante su visita a Estados Unidos, y que al líder chino "parecía gustarle"; sin embargo, Xi siguió usando "IA" en sus propias intervenciones, y el Ministerio de Exteriores chino se limitó a decir que "respeta" la postura terminológica de Washington, sin confirmar nada. Es el mismo patrón que vemos una y otra vez en el frente geopolítico de la IA: un titular de consenso que, mirado de cerca, es solo cortesía diplomática.
Aquí conviene el rigor técnico que el propio decreto pisotea. "Superinteligencia" no es un término libre para usar como se quiera: lleva más de una década en el vocabulario de la investigación en IA, popularizado por el filósofo Nick Bostrom, para describir un intelecto superior al humano en todas sus formas, un escalón por encima incluso de la todavía debatida "inteligencia artificial general" (AGI). Es, como recuerda el propio artículo citando a expertos consultados por la BBC (el profesor Simon Coghlan, de Melbourne; la investigadora Kokil Jaidka; el académico Ben Leong, de Singapur), una categoría que sigue siendo enteramente hipotética. Ningún chatbot actual, por capaz que sea, la alcanza.
Nuestra lectura es que esta maniobra no es solo una anécdota folclórica de la era Trump, sino un síntoma de algo que nos preocupa de verdad: la confusión deliberada entre capacidad demostrada y aspiración de marketing, que llevamos meses señalando como el mayor riesgo de corto plazo para el debate público sobre IA. Llamar "superinteligencia" a un asistente conversacional de hoy no la hace más segura ni menos amenazante; solo vacía de contenido la palabra que los propios investigadores reservaban para el momento en que de verdad haya que preocuparse en serio. Y descartar como "bulo" la inquietud mayoritaria de la ciudadanía —58% de desaprobación, no es un matiz— mientras al mismo tiempo se le pide a la industria que firme, aunque sea sin dientes legales, un acuerdo sobre los riesgos de la superinteligencia, es una contradicción que el propio Gobierno no parece haber notado.
Lo que de verdad importará en los próximos años no es cómo se llame la tecnología en los membretes federales, sino si la gobernanza —evaluaciones de seguridad externas, transparencia sobre capacidades reales, supervisión basada en evidencia— avanza al mismo ritmo que la tecnología. Si algún día llega una superinteligencia genuina, gobernada con criterio y no con eslóganes, será coherente con la abundancia y la mejora radical de vida que defendemos como horizonte de largo plazo. Pero adelantar el nombre sin adelantar ni una sola salvaguarda real solo pospone esa conversación seria, la que de verdad determinará si ese futuro llega bien gestionado o a trompicones.
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