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Espionaje a 25 millones de líneas y una ONG falsa: así usaron Claude regímenes autoritarios, según Anthropic

🕒 Publicado en Zendoric: 14 de septiembre de 2026 · 07:48

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Anthropic dice haber desarticulado campañas de vigilancia y desinformación estatal que usaban Claude: en Mali para espiar 25 millones de líneas móviles, en República Centroafricana para propaganda prorrusa y en Sudán para crear una ONG falsa que llegó a testificar ante la ONU.

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Por Zendoric · 14 de septiembre de 2026.

Anthropic dice haber desarticulado una serie de campañas de vigilancia y desinformación impulsadas por regímenes autoritarios y operadores estatales que utilizaron su modelo Claude como herramienta de trabajo. La compañía lo detalla en un informe de 154 páginas sobre amenazas emergentes, recogido por The Globe and Mail, que documenta casos en Mali, la República Centroafricana y Sudán detectados y bloqueados en los últimos ocho meses, con actividad adicional en Asia, Rusia y Europa.

En Mali, según el informe, un consultor de los servicios de inteligencia del país —gobernado por una junta militar desde los golpes de 2020 y 2021— usó Claude como su "principal mano de obra de ingeniería" para construir un sistema de vigilancia masiva que espió, de forma ilegal, tarjetas SIM de las tres operadoras móviles nacionales: 25 millones de líneas. El sistema interceptaba mensajes de texto y llamadas, y usaba el modelo para redactar dosieres de inteligencia sobre los objetivos, sorteando la ley maliense que exige orden judicial para este tipo de vigilancia.

En República Centroafricana, Anthropic vincula a un operador respaldado por Rusia —conectado, según el informe, con Politology, una agencia de influencia bajo control del servicio de inteligencia exterior ruso— con una operación de manipulación mediática diseñada para parecer local. Usaron Claude para generar contenido diario de una emisora de radio en Bangui con mensajes pro-Moscú y antifranceses, además de vigilar a políticos de la oposición, falsificar documentos gubernamentales y escribir guiones para altos cargos del gobierno.

En Sudán, el informe atribuye —"con alta confianza", según la propia investigación de Anthropic, aunque sin prueba judicial pública— a un operador con vínculos con funcionarios del gobierno de Emiratos Árabes Unidos la creación de una red de unas 300 cuentas falsas y una oenegé ficticia que copió la identidad de una organización suiza real para publicar informes de derechos humanos redactados por el propio Estado. La red llegó a escribir, con Claude, el testimonio que dos personas debían presentar ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU como si fueran testigos locales independientes, y compiló dosieres sobre 18 eurodiputados, periodistas destacados y relatores especiales de la ONU críticos con el papel de EAU en el conflicto sudanés.

El mismo informe —recogido también por Japan Today— agrupa estos tres episodios de vigilancia estatal junto con otros casos de uso indebido para desarrollo de armas, spyware y estafas con inteligencia artificial. La compañía enmarca el conjunto como ejemplos de "la actividad de amenaza más destacada y novedosa" detectada hasta ahora, y remata con una advertencia: "a medida que los modelos se vuelven más capaces, sus riesgos aumentarán, a menos que los desarrolladores de IA y los defensores de la sociedad actúen para hacerlos más seguros".

Conviene separar lo verificable de lo narrado. Anthropic es juez y parte: es la única fuente pública de estas atribuciones, y no hay expedientes judiciales ni verificación independiente de que el aparato ruso o el gobierno de EAU estén detrás con la certeza que sugiere el informe. Eso no invalida el patrón —Mali sí tiene una junta militar y un marco legal de vigilancia que el propio texto cita con precisión—, pero conviene leer las adjudicaciones de autoría con el mismo escepticismo que aplicamos a cualquier atribución de ciberamenazas: "alta confianza" no equivale a prueba judicial.

Lo que sí resulta sólido es la mecánica, y ahí está el verdadero valor informativo del caso. En los tres episodios se repite el mismo patrón: automatizar con un modelo de lenguaje tareas que antes exigían decenas de analistas humanos —redactar dosieres, generar contenido coherente en varios idiomas, sostener cientos de personajes falsos sin fisuras— y esconder el origen estatal detrás de un aparente ruido ciudadano. Es la misma capacidad de orquestación agéntica que celebramos cuando automatiza código o soporte al cliente, aplicada ahora a censura, espionaje de disidentes y manipulación de foros internacionales. Ya apuntábamos en Zendoric, a propósito de otros episodios de IA agéntica al servicio del espionaje y el fraude, que el riesgo inmediato de esta tecnología no es una superinteligencia lejana: es la industrialización barata de tareas de manipulación que antes requerían aparatos de inteligencia enteros. Este informe pone nombres de países a esa tesis.

Hay además una asimetría que rara vez se discute y que aquí queda expuesta con un caso real: Anthropic pudo detectar y cortar estas operaciones precisamente porque Claude es un modelo cerrado que corre en su propia infraestructura, con capacidad de observar patrones de uso anómalos y revocar el acceso. Un modelo abierto descargado y ejecutado en un servidor propio —la misma frontera abierta que en Zendoric consideramos una fuerza democratizadora, con GLM, Qwen o DeepSeek cerrando la brecha frente a los modelos cerrados— no deja ese rastro. La ventaja de gobernanza de los modelos cerrados frente a los de peso abierto, hasta ahora un argumento casi teórico, tiene aquí un caso de uso concreto: nada garantiza que la próxima operación de este tipo deje huella si el operador elige un modelo sin telemetría.

Esa tensión no tiene una salida fácil, pero sí una lectura de fondo. La transición hacia una IA que erradique enfermedades y multiplique la abundancia solo funciona si construimos, en paralelo, la infraestructura de gobernanza capaz de distinguir el uso legítimo del abuso estatal —algo que hoy depende casi en exclusiva de que compañías como Anthropic decidan publicar lo que descubren, sin obligación externa que las fuerce a hacerlo ni a otras a igualarlas. A corto plazo, el balance es incómodo: cada capacidad nueva que acerca la cura de una enfermedad o la fusión nuclear también acerca, a un régimen autoritario, la vigilancia de un disidente con menos esfuerzo que nunca. Cerrar esa brecha entre capacidad y control, no frenar la capacidad, es la tarea real de esta década.

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Fuentes y referencias