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PISA 2025: la OCDE liga el uso intensivo de la IA a peores notas, en una caída educativa que es global

🕒 Publicado en Zendoric: 13 de septiembre de 2026 · 07:12

✨ Generado con IA · cómo se hace

La prueba PISA 2025, aplicada por la OCDE en 91 países, confirma una caída generalizada en matemáticas y lectura que alcanza incluso a los sistemas mejor valorados del mundo. La organización halla que usar IA a diario para sustituir el esfuerzo cognitivo se asocia con peores notas; el uso moderado no perjudica. La pregunta ya no es solo escolar.

Por La Silla Rota · 12 de septiembre de 2026.

La prueba PISA —el examen que la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) aplica cada tres años a estudiantes de 15 años en matemáticas, lectura y ciencias— se realizó en 2025 en 91 países y economías, y sus conclusiones acaban de publicarse. El dato que domina el informe no es local: es una caída generalizada del desempeño escolar en buena parte del mundo. Estados Unidos anotó su peor puntuación en lectura desde el año 2000, 14 puntos por debajo de la edición anterior; Francia habla de un "descalabro histórico", con sus notas más bajas en lectura y matemáticas desde esa misma fecha; Alemania registró sus niveles más bajos desde que existe la prueba; Finlandia, que lideraba el ranking mundial de lectura en 2000, cayó al puesto 17; Países Bajos volvió a retroceder en comprensión lectora. Incluso los sistemas que encabezan la tabla —China, Corea del Sur, Japón y Singapur— retrocedieron frente a ediciones previas, aunque sigan por delante del resto.

México encadena dos caídas consecutivas en matemáticas: 14 puntos entre 2018 y 2022, y 7 puntos más entre 2022 y 2025, esta última considerada estadísticamente significativa por la OCDE (a diferencia de las variaciones en lectura y ciencias, dentro del margen de error). Con todo, Andreas Schleicher, director de Educación y Competencias de la OCDE, destacó que México sostuvo su desempeño en ciencias desde 2012, conservó posición en lectura mientras otros países retrocedían con fuerza, y que sus estudiantes reportan más curiosidad e interés por aprender que el promedio de la organización. También subrayó un dato que rara vez se menciona en las coberturas alarmistas: pese a que México amplió su cobertura educativa hacia sectores marginados, la brecha de calificación entre estudiantes ricos y pobres no se ensanchó, y es menor que el promedio de la OCDE. Conviene tenerlo presente antes de leer el resultado mexicano como un fracaso aislado: la comparación relevante es contra una tendencia mundial a la baja, no contra un ideal estático.

El hallazgo que conecta esta edición con la inteligencia artificial es más matizado de lo que sugiere un titular. Según la propia OCDE, el uso diario de IA para sustituir tareas cognitivas —redactar, resumir, investigar— se asocia con peores resultados, mientras que un uso moderado, como apoyo puntual al aprendizaje, no perjudica el desempeño. Es una correlación, no una prueba de causalidad directa, y la propia organización evita la condena general. Pero la lectura razonable, y la que hace el articulista, es que el uso sustitutivo —dejar que la herramienta piense en lugar del estudiante— pesa más en la práctica que el uso prudente. Merece la pena decirlo con precisión, porque la diferencia entre "la IA baja las notas" y "usar la IA para no pensar baja las notas" no es cosmética: la segunda deja abierta la puerta a que el mismo instrumento, usado de otro modo, no tenga ese efecto.

Dos gobiernos ya han tomado nota, y lo hacen en direcciones casi opuestas. Dinamarca, que ya prohíbe el acceso a redes sociales a menores de 15 años, anunció el 10 de septiembre —en reacción directa a estos resultados— la prohibición total de teléfonos móviles en las escuelas, medida impulsada por la primera ministra Mette Frederiksen. Los Emiratos Árabes Unidos, en cambio, con los mejores resultados del mundo en esta edición, apuestan por el extremo opuesto: uso curricular y supervisado de la IA en el aula, frente al uso libre, individualizado y caótico. Son dos apuestas de gobernanza distintas ante el mismo problema, y ambas merecen seguimiento: no sabremos cuál funciona mejor hasta la próxima ronda de PISA.

Nuestra lectura es que atribuir el declive solo a la IA generativa es una simplificación cómoda. Finlandia empezó a caer desde 2000, mucho antes de que existiera un chatbot; el deterioro coincide, en realidad, con dos décadas de saturación de pantallas, redes sociales y algoritmos que deciden qué leemos y por cuánto tiempo. La IA conversacional es la pieza más reciente y más potente de esa cadena, no la única causa. Lo que sí parece consistente, y es la parte que conviene tomarse en serio sin matices, es el mecanismo: cualquier herramienta que responde por nosotros, si se usa para evitar el esfuerzo cognitivo en lugar de dirigirlo, atrofia la capacidad que se supone iba a complementar. Es el mismo principio que ya hemos visto al analizar el impacto de la IA en el empleo docente: gana el profesor que orquesta la IA como herramienta de enseñanza, pierde el que la usa —o deja que sus alumnos la usen— para saltarse el proceso de aprender. Aquí se aplica al alumno directamente: gana quien usa la IA como copiloto de pensamiento, pierde quien le delega el pensamiento entero.

Dicho esto, sostenemos la misma tesis de fondo que aplicamos a otros frentes de la IA: el problema es real y de corto plazo, y no hay que minimizarlo. Una generación que deja de ejercitar la lectura sostenida, la memorización y el razonamiento sin apoyo externo paga un costo cognitivo tangible y medible. Eso no se resuelve con optimismo genérico. Pero el mismo dato que preocupa contiene una pista alentadora: los Emiratos Árabes Unidos, que apuestan por un uso curricular y supervisado de la IA, encabezan los resultados mundiales, y la brecha entre ricos y pobres no se amplió en México pese a ampliar el acceso educativo. Si la IA, bien gobernada, puede convertirse en un tutor personalizado capaz de nivelar oportunidades en vez de sustituir el esfuerzo, el problema no es la tecnología sino el diseño con el que la dejamos entrar al aula y a la vida diaria de los adultos. Esa es, en última instancia, la pregunta que plantea el articulista y que compartimos: no qué le pasa a la escuela, sino qué nos está pasando a todos los que usamos estas herramientas sin pausa ni criterio. La respuesta todavía se está escribiendo, y las próximas ediciones de PISA serán el termómetro más fiable que tenemos para saberlo.

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Fuentes y referencias