Universidades de EEUU frenan la IA en el aula mientras la reparten por todo el campus

🕒 Publicado en Zendoric: 1 de septiembre de 2026 · 00:48
✨ Generado con IA · cómo se hace
En Sarah Lawrence y la Universidad de Chicago, profesores devuelven el papel y el debate sin pantallas a sus seminarios este otoño, justo cuando sus instituciones amplían el acceso a herramientas como Claude Enterprise: no es rechazo a la IA, sino decidir con criterio cuándo usarla.
Por Zendoric · 1 de septiembre de 2026.
Samuel J. Abrams, profesor de política en Sarah Lawrence College y fellow no residente del American Enterprise Institute, ha decidido repetir la apuesta que hizo hace un año: sus seminarios volverán a prescindir de la inteligencia artificial salvo que él mismo pida expresamente lo contrario. Hace doce meses pensó que sería su "último año sin IA", convencido de que la tecnología se colaría en cada aula antes del curso siguiente. Según cuenta él mismo, se equivocó, y lo celebra.
El motivo, según explica, no es que la tecnología no haya mejorado -al contrario, dice usarla él mismo para investigar y localizar citas- sino que el apetito de sus alumnos por ella es menor del que esperaba. Sus estudiantes, escribe, no son "luditas": conocen la IA, la usan y no les asusta. Pero muchos le han dicho que no quieren que esté presente en todo lo que leen, escriben o piensan, y que temen lo que la dependencia de estas herramientas pueda hacerle a su capacidad de aprender. Abrams remite a datos nacionales que, según afirma, respaldan esa percepción -uso alto pero entusiasmo a la baja entre jóvenes-, aunque el artículo no los desglosa aquí; conviene tratarlos como el respaldo que él mismo reivindica para su experiencia en el aula, no como una cifra verificada de forma independiente.
El caso que más le ha llamado la atención, y también a nosotros, es el de la Universidad de Chicago. Su programa de Ciencias Sociales (Social Sciences Core) ha anunciado que este otoño la mayoría de las lecturas se harán en papel, los debates en clase serán generalmente sin dispositivos y la escritura asistida por IA quedará prohibida salvo excepción expresa del profesor. El objetivo declarado es enseñar primero a "leer, escribir y pensar sin depender de la IA". Lo llamativo es lo que ocurre en paralelo: la propia Universidad de Chicago ha anunciado una alianza con Anthropic que da a todo el campus acceso a Claude Enterprise, la versión corporativa del asistente de IA, desde este mismo curso.
En general, el debate sobre IA en la universidad estadounidense ha pasado en año y medio de plantearse si había que prohibirla a preguntarse qué partes concretas del aprendizaje merece la pena proteger de ella. Ya apuntábamos ese giro al analizar el impacto de la IA por sectores educativos: el profesor que gana terreno no es el que evita la IA ni el que la usa sin criterio, sino el que decide cuándo conviene ponerla en medio del proceso y cuándo apartarla. Chicago y Sarah Lawrence llevan esa idea a su forma más explícita: dar acceso al instrumento más potente disponible y, al mismo tiempo, reservar espacios deliberados donde no se use.
Nuestra lectura es que esto no es una contradicción sino la señal de una pedagogía que empieza a madurar. Regalar Claude Enterprise a un campus entero y, a la vez, prohibir su uso en un seminario concreto tiene sentido si se entiende el aprendizaje como una secuencia: primero se construye la capacidad de leer con dificultad, argumentar y escribir sin atajos; después se aprende a dirigir una herramienta que puede hacer buena parte de ese trabajo en segundos. Sin la primera fase, la segunda produce estudiantes que saben pedirle algo a un modelo pero no saben juzgar si la respuesta es buena.
Conviene, eso sí, ser honestos con el corto plazo. Lo que cuenta Abrams es la experiencia de un profesor en seminarios reducidos de una universidad privada de élite, no un estudio representativo, y el propio artículo lo reconoce al remitir a "datos nacionales" sin detallarlos. Además, montar una experiencia deliberadamente analógica -grupos pequeños, atención personalizada, tiempo para leer en papel- es un lujo pedagógico que pocas instituciones con recursos limitados pueden permitirse a la vez que pagan licencias corporativas de IA para todo el campus. Si el patrón se confirma, el riesgo de corto plazo no es que los jóvenes rechacen la IA, sino que solo los alumnos de las universidades más ricas tengan margen para aprender primero sin ella y con ella después, mientras el resto se enfrenta directamente a la versión rápida y sin red del aprendizaje asistido por máquinas.
A largo plazo, sin embargo, el matiz que aportan estos casos encaja con nuestra tesis de fondo: la abundancia que puede traer la IA solo se aprovecha bien si hay personas capaces de pensar de forma crítica sobre lo que la máquina les ofrece. Universidades que protegen deliberadamente el tiempo de pensar sin asistencia no están frenando el futuro con IA: están preparando a quienes sabrán dirigirlo.
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