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Nueva York pausa a 'Sally', su robot profesor de IA: el fallo no es la tecnología, sino la confianza

🕒 Publicado en Zendoric: 29 de julio de 2026 · 00:34

Un distrito escolar rural de Salamanca (Nueva York) frena la llegada de 'Sally', un robot humanoide de 60.000 dólares pensado para las clases de robótica, tras las críticas de docentes, familias y el estado por la privacidad de los datos y los vínculos de su fabricante con una empresa de muñecas sexuales.

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Por ABC News (AP) · 28 de julio de 2026.

El distrito escolar de Salamanca, una localidad rural del oeste de Nueva York situada junto al río Allegheny y dentro del territorio de la reserva de la Nación Seneca, ha puesto en pausa la incorporación de "Sally", un robot humanoide estacionario que su junta escolar había aprobado comprar por cerca de 60.000 dólares a la empresa Realbotix, con sede en Las Vegas. El plan era usarlo como apoyo en las clases de robótica y tecnología del instituto: puede mover brazos y manos, aunque no tiene piernas funcionales, y según el superintendente Mark Beehler, estaba pensado para resolver dudas técnicas de los alumnos —"¿No sabes ni qué es una placa Arduino? Pregúntale a Sally", dijo, en referencia al hardware que se usa para programar proyectos básicos de electrónica— y para que los propios estudiantes aprendieran a mantenerla y actualizarla.

La polémica estalló en cuanto la noticia se difundió por la comunidad. Docentes, familias y, finalmente, el Departamento de Educación del estado plantearon dos objeciones distintas. La primera, de fondo técnico-legal: qué pasaría con los datos personales de menores procesados por el robot. La segunda, de percepción pública: Realbotix es una empresa hermana de Intima LLC, que posee una participación en RealDoll, fabricante de muñecas sexuales que comercializa modelos con IA descritos como "el robot sexual más avanzado del mundo". El sindicato docente NYSUT, por boca de su presidenta Melinda Person, lo resumió sin matices: "Un robot construido por una empresa asociada a muñecas sexuales no tiene nada que hacer en nuestras aulas". Realbotix respondió que Realbotix LLC e Intima LLC "tienen ofertas de producto distintas, sin solapamiento", con gestión, personal, nóminas, instalaciones y desarrollo de producto separados, y que "Sally" es "una unidad educativa recién fabricada y diseñada para ese propósito", no una muñeca sexual reconvertida.

La comisionada de Educación del estado, Betty Rosa, no quedó satisfecha ni siquiera tras una reunión de su equipo con el distrito. En una carta enviada el viernes, señaló una contradicción relevante: el distrito le había asegurado que el robot no tendría ningún papel en la impartición de clases, pero una presentación reciente ante la junta escolar lo describía como una "plataforma de tutoría". Rosa también reiteró sus dudas sobre qué protecciones de privacidad y seguridad de datos existirían en la práctica. El distrito, por su parte, ha publicado en redes que "Sally" no recopilará datos personales de los alumnos, no grabará audio ni vídeo de sus interacciones y no enviará información a Realbotix: todo se almacenaría localmente, con un consumo energético comparable al de un portátil. Realbotix añadió que la autenticación de los estudiantes se gestionaría a través de los sistemas ya existentes del distrito, con la información cifrada y bajo control del propio centro, y que el robot está programado para evitar temas como sexo, violencia o juegos de azar, sin acceso a internet abierto ni a servicios generativos sin verificar.

En general, el episodio se enmarca en una oleada más amplia de robots humanoides entrando en las aulas estadounidenses. El año pasado, un colegio concertado de San Diego desplegó dos robots de IA de la británica Engineered Arts por 500.000 dólares, una cifra más de ocho veces superior a la de Salamanca. Beehler defendió la compra precisamente con un argumento de equidad territorial: sus alumnos necesitan viajar entre una y dos horas para ver tecnología de vanguardia, y el robot —conectado también a un plan más amplio que incluye un asistente virtual de IA y un programa de tutoría en casa— buscaba "nivelar el terreno de juego". No todos en la comunidad lo compran: Joplin Ficek, graduada del instituto en 2024 y hoy empleada de una guardería, resumió el escepticismo vecinal con una frase que probablemente resuene en más de un distrito rural: "Necesitan contratar a más personas dispuestas a esforzarse por los niños, no un robot criando a nuestros hijos".

Nuestra lectura: lo interesante de Salamanca no es que la IA haya fallado como tecnología educativa, sino que ha fallado como ejercicio de confianza institucional. Nada de lo que describe el distrito —almacenamiento local, sin grabación, sin conexión a internet abierta, sin envío de datos a terceros— es exótico ni inviable; es, de hecho, el tipo de diseño responsable que cabría exigir a cualquier herramienta de IA que trate con menores. El problema fue de proceso: una compra aprobada sin suficiente pedagogía previa hacia las familias, una estructura corporativa que —por más que esté legalmente separada— resulta indefendible en términos de percepción pública, y un mensaje interno ("plataforma de tutoría") que contradecía la promesa externa ("nunca sustituirá a un profesor"). En un sector como la educación, donde ya hemos señalado que gana el profesor que sabe orquestar la IA y pierde el que se limita a transmitir contenido, este caso añade un matiz: la orquestación no es solo pedagógica, es también de comunicación y gobernanza. Sin reglas claras y explicadas a tiempo, hasta el despliegue mejor intencionado se hunde antes de demostrar si funciona.

A corto plazo, episodios como este van a frenar la adopción de robots y tutores de IA en las aulas, y con razón: la privacidad de los datos de menores no admite el beneficio de la duda, y las empresas de tecnología educativa harán bien en blindar —y explicar— su gobernanza de datos antes de vender la próxima demo. Pero la ambición de fondo que movía a Salamanca —llevar herramientas de aprendizaje personalizado a comunidades rurales que hoy dependen de viajar horas para acceder a formación STEM— apunta en la dirección correcta. Si la tecnología madura con las salvaguardas adecuadas y las empresas que la fabrican se ganan la confianza pública con transparencia real, no con comunicados defensivos, los tutores de IA tienen potencial genuino para democratizar el acceso a educación de calidad en zonas donde hoy escasean los docentes especializados. El obstáculo, una vez más, no será la capacidad del modelo, sino si las instituciones que lo despliegan saben merecer la confianza que piden.

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Fuentes y referencias