Chicago apaga los portátiles en Derecho: la apuesta por pensar sin máquinas antes de pensar con ellas

🕒 Publicado en Zendoric: 13 de julio de 2026 · 00:21
La Facultad de Derecho de la Universidad de Chicago prohibirá laptops, móviles y herramientas de IA en las clases de primer año, obligando a tomar apuntes a mano. No es tecnofobia: es un intento deliberado de blindar el razonamiento jurídico antes de automatizarlo.
Por CBS News · 12 de julio de 2026.
La Facultad de Derecho de la Universidad de Chicago vetará laptops, smartphones y herramientas de inteligencia artificial en las aulas de primer curso, según ha confirmado CBS News. Los estudiantes deberán tomar apuntes a mano, una medida que su decano, Adam Chilton, enmarca como parte de una política de IA más amplia orientada a proteger el desarrollo de la capacidad de razonamiento independiente. Chilton lo resume con una frase que merece quedarse: hace falta una "conversación honesta" sobre cómo garantizar que los estudiantes sean capaces de pensar sin máquinas y también de pensar con ellas. La medida convive con otras piezas del mismo rompecabezas en Illinois: Chicago Public Schools ya restringe el acceso a ciertas aplicaciones de IA en su red y exige que cualquier uso de herramientas automatizadas en trabajos se declare y cite explícitamente —no hacerlo se considera una infracción del código de conducta—; la Universidad de Illinois en Chicago pide a sus alumnos aceptar normas de conducta antes de usar la IA institucional; y el Consejo Estatal de Educación de Illinois acaba de publicar directrices para que los centros integren la IA sin diluir el papel del profesorado.
Conviene no leer esto como un episodio aislado de nostalgia analógica. Chicago es una de las facultades de Derecho más influyentes de Estados Unidos, y el razonamiento jurídico es, precisamente, una de las disciplinas donde la IA generativa ya redacta borradores de contratos, resume jurisprudencia y arma argumentaciones con una soltura notable. Que sea justo esa facultad la que decide separar, en el aula, la fase de formación del criterio de la fase de uso de la herramienta, es una señal de por dónde va a discurrir la próxima década de la educación superior: no prohibir la IA sin más —el propio Chilton insiste en que quiere graduados capaces de usar la tecnología "de la forma más eficiente posible"—, sino secuenciar cuándo se apoya uno en ella y cuándo no.
Esto conecta directamente con algo que venimos sosteniendo sobre el impacto de la IA en las profesiones: en Derecho, la base de la pirámide —la investigación rutinaria, el resumen documental, el primer borrador— es lo que primero se automatiza, mientras que el criterio experto, la argumentación matizada y el juicio bajo incertidumbre son lo que resiste y lo que, a la larga, más se paga. Si un despacho o un tribunal van a depositar cada vez más confianza en abogados que saben verificar, matizar y refutar lo que un modelo produce, esa capacidad tiene que forjarse en algún momento sin el asistente delante. La apuesta de Chicago es que ese momento es el primer año de carrera, cuando el cerebro todavía está construyendo los andamios del razonamiento legal y no simplemente aplicándolos.
A corto plazo, esta será una medida incómoda y objeto de fricción: estudiantes acostumbrados a la eficiencia del teclado y del asistente tendrán que volver al bolígrafo, y no faltarán voces que la tachen de anacrónica en una profesión que ya opera con IA a diario. Es una honestidad que compartimos: la transición hacia una convivencia madura con estas herramientas exige renuncias temporales, y ninguna institución seria puede fingir que la integración de la IA en la formación es gratuita o automática. Pero la lectura de fondo es constructiva. Si el largo plazo que defendemos pasa por una sociedad de abundancia donde el trabajo humano se concentra en el criterio, el juicio y la creatividad —y las tareas mecánicas quedan para las máquinas—, entonces instituciones como esta facultad están haciendo precisamente lo que hace falta: proteger, en la fase formativa, la capacidad humana que seguirá siendo escasa y valiosa cuando la IA ya sea omnipresente en la práctica profesional. No es una barrera contra el futuro; es un intento de asegurar que, cuando ese futuro llegue, haya suficientes juristas capaces de vigilar, corregir y responsabilizarse de lo que la máquina propone.
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