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Delegar el ligoteo a ChatGPT: gana la primera cita, pierde el músculo de amar

🕒 Publicado en Zendoric: 12 de julio de 2026 · 00:14

Terapeutas de pareja alertan de que usar IA para escribir perfiles, mensajes y hasta rupturas está atrofiando la capacidad de las personas para relacionarse. El problema no es la herramienta: es dejar de practicar la torpeza que enseña a querer bien.

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Por Fox News · 11 de julio de 2026.

Dos voces del ámbito de las relaciones —Jackie Dorman, fundadora del programa "Last Year Single", y la terapeuta familiar Christina Tracy Stein— describen a Fox News Digital un patrón que ya no es anecdótico: usuarios que piden a ChatGPT que les redacte el perfil en una app de citas, que les sugiera la réplica ingeniosa en el chat o que directamente escriba el mensaje de ruptura. El resultado, dicen, es gente que "vende" en la app a alguien ingenioso y encantador que luego, en persona, no existe. Dorman lo resume con una frase dura: la IA nos está haciendo "relacionalmente estúpidos", porque delega justo lo que enseña a relacionarse —el ensayo y error, el ridículo, la conversación torpe— a un modelo que nunca se equivoca por nosotros. Stein matiza: usar IA para ordenar pensamientos antes de una charla difícil es legítimo; el problema empieza cuando se deja de confiar en el propio instinto y la herramienta sustituye el criterio en lugar de alimentarlo. Ambas apuntan también a las relaciones sentimentales con compañeros de IA, que Dorman observa sobre todo en mujeres que, según su lectura, no encuentran la madurez emocional que buscan en los hombres con los que salen; el propio reportaje cita una encuesta según la cual un 20% de adolescentes ya mantiene algún tipo de relación con una IA.

Conviene separar aquí el hecho del diagnóstico. El hecho —gente usando chatbots para gestionar la comunicación romántica— está ampliamente documentado y no es sorprendente: cualquier tecnología que reduce fricción social (desde las apps de citas hasta el corrector de estilo) se usa primero para gestionar impresión. El diagnóstico —que esto nos vuelve "estúpidos" para relacionarnos— es la opinión de dos profesionales con interés directo en el tema (una vende un programa de coaching de citas, la otra ejerce terapia de pareja) y debe leerse como tal: plausible, coherente con lo que ya sabíamos de la psicología del vínculo, pero no un estudio controlado con datos duros sobre tasas de ruptura o satisfacción relacional atribuibles a la IA.

Dicho esto, la tesis de fondo aguanta el escrutinio y conecta con algo que venimos señalando en otros ámbitos: la IA generativa es extraordinaria resolviendo la fricción de "qué decir", pero las habilidades sociales, como cualquier otra competencia humana, se entrenan con exposición y coste real —vergüenza incluida—. Si un adolescente delega sistemáticamente el primer mensaje, el chiste incómodo o la conversación de ruptura, no está ahorrando esfuerzo: está privándose de las repeticiones que forman el criterio para leer a otra persona, tolerar el rechazo y sostener una conversación difícil sin guion. Es el mismo patrón que ya observamos en el aula, donde el alumno que usa la IA para pensar por él aprende menos que el que la usa para pensar mejor: la diferencia no está en la herramienta, sino en si sustituye o amplifica el juicio propio.

A corto plazo, esto es un problema real y probablemente creciente, sobre todo entre adolescentes que aún no han construido un repertorio de habilidades relacionales antes de apoyarse en el asistente; el dato del 20% de menores con algún vínculo con una IA, si se confirma con estudios más amplios, merece atención seria de educadores y familias, no solo de terapeutas de pareja. También es honesto reconocer la lectura de género que apunta Dorman —mujeres que encuentran en un chatbot una constancia emocional que no hallan en parejas humanas—: es una hipótesis razonable sobre soledad y expectativas desajustadas, pero conviene tratarla como observación clínica de una practicante, no como tendencia demográfica verificada.

A largo plazo, sin embargo, el propio argumento de los expertos apunta a por qué esto no es motivo de catastrofismo: lo que hace a alguien "amable" —sus imperfecciones, su torpeza, su autenticidad— es precisamente lo que ninguna IA puede fabricar ni sustituir, y eso seguirá siendo un valor humano escaso y buscado cuanto más abunde el texto pulido por máquina. Si la abundancia tecnológica libera tiempo y reduce la ansiedad económica que hoy erosiona muchas relaciones, es razonable esperar que el vínculo humano —con su fricción y su riesgo— gane valor relativo, no que desaparezca. El reto no es prohibir el uso de IA en las citas, sino, como sugiere Stein, usarla para organizar el pensamiento sin dejar de ejercitar el instinto: la misma disciplina que necesitaremos, cada vez más, en todos los terrenos donde la máquina puede pensar por nosotros si se lo permitimos.

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