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Trump dice no al freno de la IA que piden Amodei, Altman y Musk: 'quien gana la IA, gana'

🕒 Publicado en Zendoric: 14 de septiembre de 2026 · 07:48

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Trump rechazó en Dublín el llamamiento inédito de los jefes de Anthropic, OpenAI y xAI a frenar el ritmo de la IA por motivos de seguridad, y lo redujo a una carrera con China. Microsoft, con Nadella, propone una tercera vía: acelerar pero bajo control humano. Gana quien tenga el poder de imponer su línea.

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Por Pasquale Pillitteri · 13 de septiembre de 2026.

Donald Trump rechazó el 13 de septiembre, en una rueda de prensa en Dublín, la petición conjunta de tres de los hombres que dirigen la carrera de la IA para frenarla. "Whoever wins AI wins" (quien gana la IA, gana), dijo, y despachó las advertencias de seguridad como el ruido de "fuerzas negativas" que sacan a relucir "cosas que no van a pasar". El motivo real que dio fue geopolítico: Estados Unidos va por delante de China y no piensa ceder esa ventaja.

Lo insólito no es la respuesta de Trump, coherente con una administración que lleva meses tratando la IA como activo de seguridad nacional. Lo insólito es lo que provocó esa respuesta. El 12 de septiembre Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, publicó el ensayo "We Must Pace the Frontier", en el que pide a los laboratorios alargar el tiempo entre un salto de capacidad y el siguiente para dejar hueco a las pruebas de seguridad. No es una moratoria: es dosificar el ritmo, no detenerlo. Sam Altman (OpenAI) respondió que está de acuerdo con Amodei, y Elon Musk (xAI) zanjó con tres palabras: "Dario is right". Tres empresas que normalmente se disputan investigadores, chips y contratos, alineadas por una vez en el mismo punto.

En medio, Microsoft trazó una tercera vía. Satya Nadella publicó que cualquier búsqueda de superinteligencia "tiene que apoyarse en el principio de que, si la IA que construimos no ayuda a la humanidad y no está bajo control humano, no merece la pena perseguirla", pero en la misma frase pidió acelerar y difundir los beneficios. Es la idea de "humanist superintelligence" que el jefe de Microsoft AI, Mustafa Suleyman, viene defendiendo: los sistemas como herramientas moldeadas por la intención humana, no como una carrera a detener ni a frenar, sino a redirigir. Conviene recordarlo con la misma cautela con la que tratamos el manifiesto de "superinteligencia para todos" de Mark Zuckerberg: cuando un gigante tecnológico se apropia del vocabulario de la seguridad, hay que separar el compromiso real del posicionamiento de marca.

Nuestra lectura es que este episodio importa menos por lo que dice cada bando y más por lo que revela sobre quién manda de verdad. Amodei, Altman y Musk han escrito ensayos y publicado mensajes; Trump ha zanjado el debate en una frase, desde una gira oficial, sin necesidad de argumentarlo más. El poder de fijar el ritmo de la IA no está en los laboratorios que la construyen, sino en quien controla los contratos públicos, las licencias de exportación y el marco de seguridad nacional. Hoy eso es Washington, no San Francisco.

Las dos posturas enfrentadas tienen, además, un punto débil que conviene señalar sin medias tintas. El de Trump es tratar la seguridad como un lujo de tiempos de paz: si aunque solo fuera una parte de los temores de los tres consejeros delegados resultara fundada, competir con China no sería motivo para acelerar a ciegas, sino justo lo contrario, motivo para no equivocarse. El de Amodei es de viabilidad: una ralentización voluntaria solo funciona si la cumplen todos los laboratorios a la vez, y la historia de los pactos industriales enseña que basta con que uno haga trampa para que el resto tenga incentivos para seguirlo. Sin un árbitro externo, estatal o internacional, "pace the frontier" corre el riesgo de quedarse en una declaración de intenciones entre competidores.

Cabe además cuestionar la premisa geopolítica sobre la que Trump construye todo su argumento. Como contexto del sector, los datos que seguimos en nuestras comparativas muestran que la distancia entre los modelos estadounidenses de frontera y los chinos de código abierto —GLM, Qwen, DeepSeek, Kimi— se ha estrechado con rapidez en el último año. "Vamos por delante de China" es en sí mismo un enunciado que habría que verificar con benchmarks duros antes de usarlo para justificar decisiones, no una certeza que se pueda dar por descontada. Que el argumento decisivo de la Casa Blanca descanse sobre una ventaja cada vez más disputada debería preocupar tanto a quien pide frenar como a quien pide acelerar.

El otro extremo del péndulo regulatorio también se ha movido esta semana: el senador Bernie Sanders ha presentado un proyecto de ley que llegaría a imponer hasta 20 años de cárcel por construir o desplegar superinteligencia sin autorización. Es la prueba de que, cuando el poder político decide intervenir, puede hacerlo con la misma brusquedad con la que Trump ha descartado el problema, solo que en la dirección contraria. Ninguna de las dos reacciones, el rechazo tajante o la amenaza penal máxima, sustituye a una gobernanza que distinga capacidad demostrada de riesgo hipotético.

A corto plazo, lo que queda claro es que la velocidad de la IA no la deciden ya solo los laboratorios que compiten por talento y cómputo, sino los gobiernos que reparten contratos, imponen controles de exportación y deciden qué cuenta como amenaza. Es una concentración de poder de decisión que conviene vigilar con la misma seriedad con que vigilamos los riesgos técnicos. A largo plazo, sin embargo, este tipo de fricción, entre quien quiere ir más despacio para no romper nada y quien quiere ir más rápido para no perder la carrera, es precisamente el mecanismo que, bien gestionado, puede evitar los descarrilamientos que arruinarían el objetivo de fondo: una IA que cure enfermedades, alargue la vida sana y reparta abundancia en lugar de imponerla desde el miedo o desde la prisa.

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Fuentes y referencias