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El nuevo blanco de guerra no es el arma autónoma, es el centro de datos que la entrena

🕒 Publicado en Zendoric: 11 de septiembre de 2026 · 03:15

✨ Generado con IA · cómo se hace

Un análisis de Boaz Golany en Aurora Israel sostiene que las guerras futuras no se decidirán solo con drones y robots autónomos, sino atacando los centros de datos, las plantas de semiconductores y las redes que los sostienen. China, EE.UU. y Rusia ya compiten por esa infraestructura, no solo por el armamento.

Por Aurora Israel · 10 de septiembre de 2026.

Boaz Golany firma en Aurora Israel un análisis con una tesis sencilla y contundente: la próxima gran disputa militar no se decidirá solo por drones, robots o armas autónomas, sino por quién controla los centros de datos, las plantas de semiconductores, las redes de comunicaciones y la capacidad industrial que hacen posible esa tecnología. Según el autor, esos activos se están convirtiendo en objetivos estratégicos de primer orden, tanto para la resiliencia militar como para la planificación ofensiva.

El argumento se apoya en un patrón que Golany rastrea desde la Segunda Guerra Mundial: Alemania y los Aliados bombardearon fábricas, redes de transporte, instalaciones petroleras y centrales eléctricas para minar la capacidad bélica del enemigo. El autor ve el mismo patrón en la guerra de Ucrania: Rusia ha golpeado de forma sostenida la red eléctrica, la industria de defensa y la logística ucraniana, mientras Ucrania ha intensificado sus ataques contra refinerías, depósitos de municiones e instalaciones industriales de defensa rusas. Su conclusión: las revoluciones militares no eliminan la infraestructura estratégica, la redefinen. Si la IA y los sistemas autónomos son el centro de la guerra moderna, el ecosistema industrial, tecnológico y digital que los sostiene pasa a tener igual importancia estratégica.

Golany describe una carrera ya en marcha. China, escribe, no oculta su ambición de liderar la IA militar, los sistemas autónomos y la robótica humanoide, con inversión sostenida en sistemas no tripulados en todos los ámbitos operativos, aunque el autor reconoce que el alcance real de los objetivos militares de Pekín todavía no está claro. Estados Unidos ha acelerado su propia inversión, sus aliados impulsan iniciativas similares y Rusia expande sus programas. El resultado, según su lectura, es una carrera armamentística que ya no gira tanto en torno a arsenales nucleares o misiles hipersónicos, sino en torno a la IA, los sistemas autónomos y la base industrial necesaria para sostenerlos.

El propio autor introduce matices que conviene no perder: el software de IA sigue siendo vulnerable a ciberataques, guerra electrónica, engaño y a la imprevisibilidad del campo de batalla real; los gobiernos son reacios a delegar decisiones letales por completo en algoritmos; y el derecho internacional todavía no tiene normas asentadas para regular armas totalmente autónomas. Golany no cree que estas limitaciones detengan la tendencia, solo que frenen su ritmo. Su pregunta de fondo ya no es si los sistemas militares autónomos se generalizarán, sino dónde buscará cada nación la ventaja decisiva cuando eso ocurra.

Nuestra lectura: el argumento aterriza, desde el ángulo militar, algo que en Zendoric venimos señalando desde el ángulo económico y regulatorio —que la disputa real por la IA se libra en la infraestructura y la 'fontanería', no solo en el modelo más listo—, pero aquí con una implicación mucho más incómoda. Si el centro de datos, la planta de semiconductores o el nodo de telecomunicaciones se convierten en objetivos militares legítimos, cualquier infraestructura dual —civil y militar a la vez, que es casi toda la infraestructura de IA que existe hoy— pasa a ser un blanco potencial. Eso es exactamente lo que ya ocurre con la red eléctrica ucraniana o las refinerías rusas: no hace falta imaginar el futuro, ya está pasando con la infraestructura energética e industrial clásica. Extenderlo a chips y centros de datos es, sobre el papel, un paso pequeño.

Conviene, eso sí, aplicar el mismo escepticismo que sostenemos habitualmente sobre el marcador entre EE.UU. y China: que Pekín declare una ambición de liderazgo en robótica humanoide o sistemas autónomos no equivale a tener la capacidad demostrada para ejecutarla en combate real. El propio Golany lo admite de pasada al reconocer que el alcance de los objetivos militares chinos 'aún no está claro'. La carrera armamentística que describe es, sobre todo, una carrera de inversión y de relato estratégico; el resultado en el campo de batalla seguirá dependiendo de variables más prosaicas —fiabilidad del software bajo interferencia, cadena de suministro de semiconductores, resiliencia energética— que de titulares sobre robots humanoides.

A largo plazo, el propio dilema que plantea el artículo ilustra casi al pie de la letra nuestra tesis de fondo: la misma infraestructura de cómputo que hoy se disputa como activo militar —chips, centros de datos, energía para entrenarlos— es también la base material de la abundancia que promete la IA, desde el descubrimiento de fármacos hasta el diagnóstico temprano. El riesgo de esta transición no es que esa infraestructura exista, sino que se militarice antes de que exista gobernanza —normas de targeting, reglas sobre autonomía letal, tratados— capaz de evitar que se convierta en la mecha de un conflicto entre potencias. Golany acierta en algo esencial: la pregunta ya no es si esto va a ocurrir, sino quién gobierna esa infraestructura y con qué reglas, y en eso la política va varios pasos por detrás de la inversión.

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Fuentes y referencias