PISA 2025 destapa la trampa de la IA en el aula: usarla para los deberes cuesta un año de aprendizaje

🕒 Publicado en Zendoric: 10 de septiembre de 2026 · 00:31
✨ Generado con IA · cómo se hace
PISA 2025 (OCDE, 760.000 estudiantes, 91 países) revela que casi la mitad usa IA cada semana para estudiar. Pero usarla para hacer deberes resta 20 puntos en ciencias —casi un año de rezago—; con formación en alfabetización digital, no penaliza y hasta ayuda.
Por Zendoric · 9 de septiembre de 2026. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) publicó el 8 de septiembre los resultados de PISA 2025, el examen que cada tres años mide competencias en ciencias, lectura y matemáticas de estudiantes de 15 años. Participaron más de 760.000 alumnos de 91 países y economías —en Ecuador, 9.128 estudiantes de 266 colegios—. Más allá del ranking de notas, la OCDE también analizó cómo usan la inteligencia artificial (IA) en el aula, y el dato es revelador: un 46% usa chatbots de IA semanalmente o más para aprender.
Pero el uso no es homogéneo, y ahí está el hallazgo que más nos interesa. Según la propia OCDE, los estudiantes que recurren a la IA para tareas escolares muy concretas —resumir un texto, redactar una respuesta, investigar un tema— obtienen 20 puntos menos en la prueba de ciencias que quienes no la usan así: el equivalente a estar aproximadamente un año por debajo de sus compañeros. En cambio, quienes la emplean para fines generales puntúan prácticamente igual que quienes no usan IA en absoluto. Y hay un tercer grupo, el que mejor sale parado: los alumnos que además de usar la IA de forma general han tenido oportunidades de aprendizaje para desarrollar habilidades de alfabetización en IA sacan puntuaciones ligeramente superiores.
Aquí aparece la grieta que de verdad importa: la OCDE constata que esas oportunidades de alfabetización en IA son "más comunes entre los estudiantes con mayores ventajas socioeconómicas". Dicho de otro modo, la misma herramienta no produce el mismo resultado en todos los estudiantes: donde se enseña a usarla con criterio suma, y donde se usa como atajo para evitar pensar, resta. No es la tecnología la que decide, es cómo —y a quién— se enseña a usarla.
El informe también mide la relación de los adolescentes con la información en general, y el retrato inquieta: solo el 46% dice verificar la credibilidad de las fuentes y confiar más en la evidencia científica que en el sentido común. Un 37% verifica las fuentes pero, aun así, se fía más del sentido común; un 11% confía en la evidencia sin comprobar de dónde sale, y un 5% ni verifica ni prioriza la evidencia. La propia OCDE concluye que una gran proporción de jóvenes de 15 años puede ser vulnerable a la desinformación, justo cuando los chatbots generativos se han vuelto habituales en su vida escolar.
Como contexto del sector, PISA 2025 también fotografía el clima escolar fuera de lo académico: uno de cada cinco estudiantes (20%) dice haber sufrido acoso al menos varias veces al mes en 2025, peor que en 2022, con 51 países registrando al menos una forma de acoso por alumno. El ciberacoso es minoritario (3%) pero es el que se vincula a las mayores diferencias de rendimiento. El sentido de pertenencia al colegio promedia 76%, con España y Japón en el 90% y países como Dinamarca, Polonia, Italia o Lituania en el 64% o menos; las chicas y los alumnos de entornos desfavorecidos declaran sentirse menos integrados. Y en casi todos los países cae el apoyo familiar percibido respecto a 2022, sobre todo entre chicos y estudiantes en desventaja, mientras crece la preocupación por la falta de materiales y de preparación para el aprendizaje digital, aunque los colegios sí mejoraron la ratio de alumnos por profesor frente a 2022.
En Ecuador, donde el Ministerio de Educación, Deporte y Cultura ofreció un plan para reforzar competencias tras el retroceso del país en las tres materias evaluadas, el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (Ineval) atribuyó el bajo rendimiento a un "problema estructural" del sistema, según recoge Primicias. Es una explicación razonable, pero a la luz de los datos globales de la OCDE resulta incompleta: la brecha en el uso de la IA sugiere que parte del problema no es solo cuánta clase se recibe, sino con qué criterio se enseña a usar la herramienta que ya lleva en el bolsillo la mitad del alumnado.
Nuestra lectura es que este dato de PISA confirma algo que ya intuíamos al analizar el impacto de la IA en la educación como sector: gana quien aprende a orquestar la IA como copiloto crítico, y pierde quien la usa para delegar el pensar. La diferencia no está en la tecnología —el mismo chatbot puede restar el equivalente a un año de aprendizaje o sumar una ligera ventaja—, está en si el sistema educativo enseña a dudar de la respuesta antes de copiarla. Es el mismo patrón que ya vemos en el mercado laboral: la IA no reparte sus beneficios de forma automática, los reparte según quién tiene acceso a la formación para usarla bien.
A corto plazo, el riesgo es real y este informe lo documenta con cifras: una generación que usa la IA cada semana pero rara vez ha aprendido a cuestionarla, y en la que esa carencia golpea más a quien menos recursos tiene. Eso amplía la brecha educativa justo cuando más urgía cerrarla. Pero el mismo informe apunta también al remedio: los estudiantes con formación explícita en alfabetización de IA no solo evitan el perjuicio, lo convierten en ligera ventaja. Si los sistemas educativos —incluido el ecuatoriano— generalizan esa alfabetización en lugar de limitarse a prohibir o ignorar los chatbots, la IA en el aula puede dejar de ser un examen de clase social y convertirse en lo que prometía ser desde el principio: un tutor que multiplica el aprendizaje de cualquier estudiante, no solo del que ya partía con ventaja.
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