La psicología de la salud dejó de prohibir la IA en la ciencia sin resolver si es fiable

🕒 Publicado en Zendoric: 9 de septiembre de 2026 · 00:20
✨ Generado con IA · cómo se hace
En 2023, las revistas exigían que la IA nunca firmara un estudio; en 2026, un congreso científico construye su programa entero para 'aprovecharla'. Entre medias, nadie resolvió si eso hace la literatura menos fiable: hay más resúmenes con huella de IA y más referencias fabricadas.
Por ScienceBlog.com · 8 de septiembre de 2026. En 2023, el Comité de Ética en Publicaciones (COPE), el grupo editorial Nature Portfolio y el Comité Internacional de Editores de Revistas Médicas (ICMJE) llegaron a la misma conclusión por separado: una IA no puede figurar como autora de un estudio científico porque no puede responsabilizarse de lo que publica. Tres años después, el 40º congreso de la Sociedad Europea de Psicología de la Salud (EHPS), celebrado en Pafos (Chipre) del 1 al 4 de septiembre, ha construido todo su programa bajo el lema 'Innovaciones digitales en salud: aprovechando el poder de la tecnología y la IA'. El año anterior, en Groningen, el lema había sido el neutro 'Poner la psicología de la salud a trabajar'. El cambio de verbo —de prevenir a aprovechar— no es un detalle retórico: la investigadora Nato Lagidze, que asistió al congreso, recuerda que un lema se decide entre año y medio antes, tiene que sobrevivir a la revisión del propio comité organizador y compromete a toda una sociedad científica a programar un año entero de simposios, ponencias y pósteres alrededor de esa palabra. Nadie pone 'IA' en el título de su congreso anual si cree que la palabra seguirá siendo incómoda cuando lleguen los asistentes.
Como contexto del sector, esta secuencia —reglas protectoras en 2023, seguidas de una adopción práctica que las fue vaciando de contenido— no es exclusiva de la psicología de la salud: el terreno se movió antes que las normas en casi toda la ciencia con revisión por pares. Dos encuestas de la editorial Wiley, separadas por un año, sitúan el uso de herramientas de IA entre investigadores en el 57% primero y el 84% después; no son la misma muestra ni un seguimiento longitudinal, así que no hablan con precisión de una tasa de crecimiento, pero sí retratan una adopción ya mayoritaria. En la segunda ola, el 57% de los encuestados señaló la falta de directrices y formación como el obstáculo principal, y el 73% pidió a las editoriales que fijaran una guía clara. No la tenían: una auditoría publicada en la revista BMJ en enero de 2024 encontró que solo el 24% de los cien mayores editores académicos —que juntos publican unas 28.000 revistas— habían emitido alguna política sobre IA generativa, frente al 87% entre las cien revistas de mayor prestigio. La brecha no es de tiempo, es de exposición reputacional: quien más tenía que perder escribió la regla; el grueso de la literatura científica siguió sin ninguna.
Mientras tanto, la pregunta que las reglas de 2023 intentaban zanjar —si la fiabilidad de la literatura aguanta el uso de IA— siguió abierta, y la evidencia que ha ido apareciendo no es tranquilizadora. Un equipo de las universidades de Tubinga y Northwestern, publicando en Science Advances en julio de 2025, aplicó a los resúmenes de PubMed el método de 'vocabulario excedente' que antes se usó para estimar la mortalidad no contabilizada de la pandemia, y encontró que al menos el 13,5% de los resúmenes biomédicos de 2024 llevan la huella estilística de un modelo de lenguaje, con picos por encima del 40% en algunas subdisciplinas y países; los propios autores advierten de que eso mide estilo, no uso verificado, y que es un suelo, no una cifra final. Por separado, Retraction Watch —el sitio de referencia que documenta retractaciones científicas— informó de un análisis que encontró referencias fabricadas en aproximadamente 1 de cada 277 artículos indexados en PubMed a comienzos de 2026, frente a 1 de cada 2.828 en 2023; según la fuente, el dato procede de un subconjunto de acceso abierto y de una detección asistida por IA, así que es una señal de alarma, no una tasa asentada. Con esas salvedades, ambos indicios apuntan en la misma dirección.
Lo que nos interesa destacar de este caso, más allá de la psicología de la salud, es el mecanismo: una institución científica no cambió de opinión sobre la IA porque alguien ganara el argumento sobre fiabilidad, sino porque la práctica la desbordó y, en algún punto, dejó de dar vergüenza nombrarla en el título de un congreso. La prohibición de 2023 no fue derogada; fue superada por el uso. Es el mismo patrón que ya hemos visto en la adopción institucional de la IA en las aulas —de la prohibición a la enseñanza obligatoria sin pasar por una discusión formal sobre qué se pierde en el camino— y es razonable esperar que se repita en más gremios regulados por comités lentos frente a herramientas de adopción instantánea.
Esto no es un argumento contra la IA en la ciencia: usada bien, ya produce trabajo útil, incluida la propia investigación de Lagidze sobre medición objetiva del afecto. Y en el terreno de la salud es exactamente donde más nos jugamos con este viaje: la promesa de largo plazo de la IA —acelerar el descubrimiento biomédico, acercarnos a erradicar enfermedades, ganar años de vida sana— depende de una literatura científica en la que se pueda confiar. Si el ritmo al que la IA entra en la investigación supera al ritmo al que se verifica lo que produce, el riesgo de corto plazo no es filosófico: son referencias inventadas colándose en la bibliografía de estudios reales, tanto más difíciles de detectar cuanto más generalizado esté su uso. La lectura honesta de Pafos no es que la ciencia haya decidido que la IA es segura. Es que, en algún momento de estos tres años, dejó de hacerse la pregunta.
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