Prohibir la IA en la escuela no la detiene: Tiramonti advierte que el problema real es la brecha de conectividad en Argentina

🕒 Publicado en Zendoric: 27 de julio de 2026 · 00:21
La politóloga y especialista en educación Guillermina Tiramonti advierte que prohibir la inteligencia artificial en las aulas argentinas es una respuesta ilusoria: para muchos alumnos el celular es su única puerta a la tecnología, y buena parte de las escuelas ni siquiera tiene conexión a internet.
Por Zendoric · 27 de julio de 2026.
La politóloga y especialista en educación argentina Guillermina Tiramonti, magíster en Educación y Sociedad y recientemente distinguida como Personalidad Destacada de la Ciudad de Buenos Aires, se sumó al debate sobre el uso de celulares e inteligencia artificial (IA) en las aulas con una postura tajante: no se prohíbe, se integra. Lo dijo en una entrevista con InfoPico Radio 99.9, durante las vacaciones de invierno en Argentina, en medio de una discusión que atraviesa a docentes, familias y autoridades educativas de todo el país.
«La inteligencia artificial, ¿cómo la vas a prohibir?», planteó Tiramonti. Para ella, la respuesta no es el veto sino el trabajo pedagógico: «Tenés que trabajar mucho, muchísimo, para ver cómo podés usarla en la escuela para mejorar los aprendizajes de los chicos, para enriquecer el trabajo escolar, pero de ninguna manera rechazar».
Sobre los celulares matiza: reconoce la preocupación por los chicos que pasan «10 horas con el teléfono» y no se opone a que existan franjas horarias sin dispositivo dentro de la jornada escolar. Pero subraya un dato que cambia el marco de todo el debate: para buena parte de los estudiantes argentinos, el celular no es un juguete de más, es la única tecnología que tienen a mano. «No tienen una computadora», dice. Prohibirlo en la escuela, entonces, no es solo una medida disciplinaria: es cerrar la única puerta digital que algunos chicos tienen para «investigar, averiguar cosas, solucionar los temas de la vida corriente».
Ahí aparece el problema de fondo, que Tiramonti no esquiva: la infraestructura. «No tenés conexión en muchas escuelas», lamenta, y traza un paralelismo elocuente con la falta de bibliotecas a comienzos del siglo XX. Sin conectividad ni equipamiento, y sin docentes formados para enseñar con estas herramientas, la disyuntiva «prohibir o integrar» se vuelve casi retórica en una porción del sistema educativo: no hay nada que integrar todavía. Su conclusión es una advertencia más amplia sobre el país: «La Argentina no tiene conciencia de lo importantísimo que es tener una población preparada para avanzar en un siglo donde el conocimiento es importante».
Nuestra lectura: el caso argentino ilustra, en miniatura, la tensión que recorre a los sistemas educativos de medio mundo desde que la IA generativa entró en las aulas por la puerta de atrás, en el bolsillo de cada alumno. La reacción instintiva —prohibir el celular, bloquear los chatbots en la red escolar— es comprensible y, a corto plazo, no del todo injustificada: hay evidencia real de pérdida de atención, de sustitución del esfuerzo cognitivo por el atajo, de una adolescencia más ansiosa con más pantalla. Zendoric no minimiza eso. Pero prohibir sin ofrecer una alternativa pedagógica no resuelve el problema, solo lo traslada fuera del aula, donde nadie enseña a usar la herramienta con criterio.
La paradoja que señala Tiramonti es la que de verdad importa: la misma tecnología que algunos ven como amenaza a la concentración es, para el alumno sin computadora en casa, su única vía de acceso al conocimiento en red. Prohibir el celular en esas escuelas no protege a nadie; profundiza una brecha que ya existía antes de que apareciera la IA. Es el patrón que venimos observando en la educación en general: gana el docente que orquesta la IA con criterio —que diseña la tarea para que el alumno piense con la herramienta y no en su lugar— y pierde el modelo que solo transmite contenido de memoria. Ese docente orquestador, sin embargo, necesita formación, conectividad y equipamiento que hoy, según describe la propia Tiramonti, faltan en buena parte de las escuelas argentinas.
Ahí está la transición dura que no conviene disimular: integrar la IA en la escuela cuesta dinero, tiempo de formación docente y, sobre todo, infraestructura básica —fibra, dispositivos, mantenimiento— que en muchos territorios de América Latina sigue sin llegar. Si esa inversión no se hace, el resultado no es neutro: los chicos con computadora en casa aprenderán a usar la IA con ventaja, y los que dependen del celular de la escuela se quedarán un paso atrás, no por falta de talento sino por falta de cable. La buena noticia de fondo, la que sostiene el optimismo de largo plazo, es que la tecnología capaz de personalizar el aprendizaje y compensar carencias de partida —tutores adaptativos, explicación al ritmo de cada alumno— ya existe y cada vez es más barata. El problema no es la IA: es si los sistemas educativos, empezando por el argentino, deciden invertir a tiempo para que esa promesa llegue a todos y no solo a quien ya tenía la computadora en casa.
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