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ANU, acusada de 'histérica' por sus normas anti-IA: las universidades australianas resucitan el examen oral

🕒 Publicado en Zendoric: 19 de julio de 2026 · 00:04

La Universidad Nacional de Australia (ANU) prepara clasificar cada examen como 'seguro' o 'inseguro' frente a la IA, y un académico interno califica el plan de respuesta 'histérica'. Con el 78,9% de los estudiantes ya usando IA generativa, el sistema universitario australiano gira en bloque hacia el examen oral: la solución más rápida de aplicar, no necesariamente la más justa.

Por Zendoric · 19 de julio de 2026.

La Universidad Nacional de Australia (ANU), una de las más prestigiosas del país, ha enviado a su profesorado un documento de consulta con tres fórmulas para blindar los exámenes frente a la inteligencia artificial (IA): clasificar cada evaluación como "segura" (sin ningún riesgo de uso de IA) o "insegura", u obligar al alumno a declarar en qué fases del trabajo recurrió a la IA. Según recoge The Guardian, un académico de la propia ANU calificó el proceso de "reaccionario" y hasta "histérico", y advirtió de que podría hacer retroceder los avances logrados en accesibilidad para estudiantes con discapacidad o con responsabilidades de cuidado. Otro académico, más comprensivo con el objetivo, reconoció igualmente que el despliegue ha sido "de pánico": el segundo semestre empieza en menos de dos semanas y las facultades reciben instrucciones de más control con muy poca formación y sin apenas recursos añadidos.

No es un caso aislado. La Universidad de Queensland ya clasifica sus evaluaciones entre "seguras" y "abiertas" desde este año, y ha recibido críticas por programar exámenes orales presenciales en horario nocturno y en fin de semana. Su vicerrector de educación, Kris Ryan, explicó a The Guardian que una evaluación "segura" puede incluir uso de IA siempre que el estudiante demuestre "apreciación crítica" de cómo la herramienta llegó a su respuesta. La Universidad de Melbourne sigue el mismo camino con más exámenes orales interactivos, y Barney Glover, nuevo responsable de la Comisión Australiana de Educación Terciaria (el organismo que supervisa las reformas universitarias del país), confirma que la reintroducción del examen oral es ya una tendencia generalizada del sector.

El dato que explica la urgencia: según el Índice Australiano de Inclusión Digital de 2025, el 78,9% de los estudiantes de secundaria y universidad ya usa IA generativa. El profesor de derecho de la ANU Will Bateman, que investiga la regulación de la IA, plantea el problema en términos casi geopolíticos: si Australia no restaura el rigor educativo, corre el riesgo de "enviar nuestra capacidad intelectual nacional" a empresas de California y China, en referencia a los laboratorios que desarrollan los modelos que los estudiantes usan para hacer sus trabajos.

Nuestra lectura es que este episodio retrata, en miniatura, el problema de fondo de toda institución que certifica conocimiento: durante décadas, el cuello de botella era producir un texto razonado; ahora ese texto es gratuito y casi instantáneo, así que el cuello de botella se traslada a otra parte —a defender en voz alta, en tiempo real, que uno entiende lo que ha escrito—. El examen oral no es una ocurrencia nostálgica: es la respuesta lógica cuando el producto final deja de ser prueba de nada. Ya lo vimos con la escuela de negocios EDHEC reintroduciendo lápiz y papel como "fricción deliberada": el objetivo no es prohibir la IA, sino no perder de vista quién está pensando.

Dicho esto, el coste de corto plazo es real y la crítica interna de la ANU tiene razón en señalarlo: diseñar exámenes orales masivos, en horario decente y accesibles para estudiantes con discapacidad o cargas de cuidado, exige tiempo, dinero y formación docente que ningún consultation paper improvisado en dos semanas puede sustituir. Cuando una universidad pasa de cero a "examen seguro" en un semestre, el riesgo de excluir a quien ya lo tenía más difícil es alto, y no cuesta nada evitarlo si se planifica con antelación en vez de reaccionar por pánico.

A medio plazo, esperamos que esta transición se consolide como infraestructura permanente y no como parche: identidad verificada del estudiante, evaluación oral o presencial combinada con uso declarado de IA, y menos peso en el documento final entregado a solas frente al ordenador. Es coherente con lo que ya defendíamos al analizar el impacto de la IA en el empleo del sector educativo: gana el profesor —y el sistema— que aprende a orquestar la IA como herramienta de aprendizaje verificable, y pierde el que solo la prohíbe o la ignora. Si las universidades logran hacer esa transición sin sacrificar la inclusión, habrán resuelto algo más valioso que un problema de trampas: cómo seguir enseñando a pensar en un mundo donde escribir ya no es la prueba de que alguien lo hizo.

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Fuentes y referencias