El fraude de Banco Master salpica al primer megacentro de IA de Brasil: RT-One reinicia de cero en Uberlândia

🕒 Publicado en Zendoric: 17 de julio de 2026 · 00:24
RT-One canceló el contrato de un terreno de 96 hectáreas para su plan de datacenters de IA en Brasil al descubrirse que el fondo propietario está bajo investigación por fraude financiero ligado a Banco Master. El caso destapa un riesgo poco comentado del boom de infraestructura de IA: la diligencia debida sobre quién controla la tierra y la energía.
Por BNamericas · 17 de julio de 2026.
RT-One, la firma que planeaba levantar en Uberlândia (Minas Gerais) un megacentro de datos para IA valorado en 6.000 millones de reales (unos 1.200 millones de dólares), ha rescindido el contrato de arrendamiento del terreno de 96 hectáreas donde iba a construirlo. El motivo: el predio pertenece al Fondo de Inversión Inmobiliaria Bacuri, gestionado por Reag Trust y, después, por WNT Capital, ambas señaladas por la Policía Federal brasileña en una investigación por fraude financiero y contable vinculada a Banco Master. El caso salió a la luz gracias a The Intercept Brasil, y los documentos del Ministerio Público Federal revelan un detalle que por sí solo justifica las sospechas: RT-One pagaría apenas 1.000 reales al mes durante 15 años por un terreno cuyo valor contable, según los registros del propio fondo Bacuri, había saltado de 14 a 76 millones de reales. A eso se suma una investigación civil paralela por falta de permisos ambientales y por el posible impacto del proyecto en el consumo de agua y energía de la región.
RT-One se ha apresurado a marcar distancias: dice haber actuado solo como arrendataria, no participar en la gestión del fondo ni en la tasación de sus activos, no tener relación con la consultora que fijó ese valor, y no haber tenido constancia de ninguna investigación pública en el momento de firmar. La rescisión, subraya la compañía, es 'amistosa' y no implica reconocimiento de irregularidad. Puede ser cierto en lo formal —el fraude, si se confirma, sería de los gestores del fondo, no de la empresa tecnológica—, pero el episodio deja una pregunta incómoda sobre el proceso de selección de activos: un alquiler a precio simbólico durante 15 años en un terreno cuyo valor se había multiplicado por cinco en los libros es exactamente el tipo de anomalía que un due diligence mínimamente riguroso debería haber disparado antes de firmar, no después de que un medio lo destape.
El proyecto no era pequeño ni improvisado: RT-One ya tenía cerrado el contrato de obra con Engemon Engenharia y acuerdos de suministro con Hitachi Energy (electrificación), WEG, Munters, Siemens, Vertiv y Schneider Electric, es decir, el ecosistema industrial habitual de un campus de IA a gran escala. Todo eso queda ahora en pausa mientras la empresa busca 'desde cero' una nueva ubicación, dentro o fuera de Uberlândia. El plan más amplio de RT-One —15.000 millones de reales (unos 3.000 millones de dólares) en tres campus de datacenters de IA en Brasil— sigue en pie, y el segundo proyecto, en Maringá (Paraná), dentro de una zona de procesamiento de exportación con incentivos fiscales, no se ha visto afectado por ahora.
Nuestra lectura es que este no es un caso sobre modelos de IA, sino sobre las tuberías físicas y financieras que sostienen la carrera por construir su infraestructura, y ahí es donde conviene mirar con más atención en los próximos trimestres. Brasil, como buena parte de América Latina, se ha convertido en destino atractivo para la construcción acelerada de datacenters de IA por su energía relativamente barata y su suelo disponible; pero esa misma velocidad —capital que necesita desplegarse ya, terrenos que hay que asegurar ya, plazos de construcción que se cuentan en meses— es terreno fértil para vehículos financieros opacos, fondos inmobiliarios con tasaciones infladas y contratos que nadie escudriña hasta que un periodista tira del hilo. No hace falta un catastrofismo sobre la 'burbuja de la IA' para señalar que el ritmo de la inversión en infraestructura está, en algunos rincones, superando la capacidad de las instituciones y de las propias empresas para verificar con quién están firmando. A largo plazo seguimos convencidos de que esta expansión de cómputo es la que hará posible buena parte de la abundancia que la IA promete —más capacidad para investigar enfermedades, para modelar materiales, para automatizar lo tedioso—; pero ese futuro se construye, literalmente, sobre parcelas de tierra y contratos concretos, y episodios como el de Uberlândia son el recordatorio de que la gobernanza del boom de infraestructura necesita la misma seriedad que la gobernanza de los propios modelos. Quien gestione mejor ese riesgo de contraparte —y no solo el riesgo tecnológico— será quien construya sin sobresaltos los centros de datos que la próxima década de IA necesita.
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