Zendoric
← Volver al día · 17 de julio de 2026

Gemelos de IA y sexo de pago: la intimidad se vuelve un activo con licencia

🕒 Publicado en Zendoric: 17 de julio de 2026 · 00:24

Kerry Katona ofrece conversaciones íntimas —y, según el artículo, 'sexo'— con una versión de IA de sí misma en la app OhChat. Más allá del morbo, la noticia señala un mercado real: la monetización del 'yo digital' y la industrialización de la compañía artificial.

Los hechos, según la información publicada: la exintegrante de Atomic Kitten Kerry Katona, de 45 años, ofrece un servicio de pago en OhChat, una plataforma que —siempre según el artículo— permite a celebridades explotar versiones de IA de sí mismas para «conversaciones privadas, voz e imágenes subidas de tono» con «novias de IA sin censura». El texto afirma que su avatar digital da la opción de «sexo», y menciona a otras figuras como Katie Price o Danniella Westbrook. Katona, que ya había hablado de haber ganado mucho dinero en OnlyFans, aparece aquí como caso de estudio, no como acusada de nada: es una decisión comercial legítima sobre su propia imagen.

Detrás de la anécdota de portada hay una tendencia tecnológica que sí importa. Estamos ante la conversión del «yo» en un activo con licencia: la voz, la cara y la personalidad de alguien empaquetadas en un modelo que trabaja 24/7, escala sin límite físico y genera ingresos mientras la persona real duerme. La IA generativa y la de compañía han bajado tanto el coste de producir texto, voz e imagen «a la carta» que replicar una presencia íntima se ha vuelto trivial. OnlyFans mostró que el creador podía saltarse al intermediario; el gemelo de IA promete algo más radical: separar por completo el ingreso del tiempo y el cuerpo del creador.

El problema de corto plazo es real y conviene no maquillarlo. Primero, el consentimiento y la identidad: cuando existe la infraestructura para clonar a una persona de forma convincente, la frontera entre la réplica autorizada (como parece ser este caso) y el deepfake no consentido se vuelve delgadísima, y el segundo es mucho más frecuente y dañino que el primero. Segundo, la autenticidad: vender «intimidad sin censura» generada por software plantea qué compra exactamente el usuario y si sabe que habla con un modelo, no con una persona. Tercero, la dependencia emocional: la compañía artificial optimizada para retener y facturar puede explotar la soledad con una eficacia que ninguna relación humana tiene incentivos para igualar.

Nuestra lectura: esto no es una curiosidad del corazón, es un adelanto de cómo la IA reorganiza el trabajo basado en identidad y presencia. La misma tecnología que aquí se usa para monetizar un avatar erótico es la que permitirá a un profesor, un médico o un artista clonar su voz y su criterio para atender a mil personas a la vez. La tesis de fondo se sostiene: a largo plazo, desacoplar el valor del tiempo físico es liberador y abre abundancia. Pero el orden de llegada importa —y suele ser el inverso al deseable—: primero llegan los usos que explotan atajos emocionales y zonas grises legales, y solo después la regulación, los derechos de imagen digital y las normas de transparencia («estás hablando con una IA») que hacen ese poder habitable. El titular invita a reírse; la señal que envía —quién es dueño de tu doble digital y qué se le permite hacer— es de las más serias que trae esta década.

🔗 Relacionadas en Zendoric

Fuentes y referencias