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Dimmer el sol para frenar El Niño: un estudio de Scripps propone geoingeniería solar regional en el Pacífico

🕒 Publicado en Zendoric: 10 de julio de 2026 · 00:24

El artículo, firmado por Molly Taft en WIRED (8 de julio de 2026), parte de la preocupación por el actual episodio de El Niño, que según el texto está camino de convertirse en uno de los más fuertes registrados y que va a provocar patrones climáticos caóticos en todo el mundo.

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El artículo, firmado por Molly Taft en WIRED (8 de julio de 2026), parte de la preocupación por el actual episodio de El Niño, que según el texto está camino de convertirse en uno de los más fuertes registrados y que va a provocar patrones climáticos caóticos en todo el mundo. Sobre ese telón de fondo, la pieza presenta un nuevo estudio publicado el mismo miércoles en la revista Science Advances que plantea una idea llamativa: usar geoingeniería solar de forma regional y puntual para moderar la intensidad de futuros episodios de El Niño, en lugar de recurrir a ella como herramienta de enfriamiento global permanente.

El fenómeno de El Niño se origina de forma natural en el Pacífico tropical cada varios años, cuando unos vientos alisios más débiles empujan el calor oceánico hacia la costa de Sudamérica. Esto altera el reparto global de temperaturas y precipitaciones: favorece temperaturas superiores a la media, sequías en unas regiones, lluvias y crecidas intensas en otras, y un aumento de los ciclones en el Pacífico. Sumado al calentamiento provocado por los combustibles fósiles, un El Niño fuerte puede generar pérdidas económicas de cientos de miles de millones de dólares, según recoge el artículo.

La autora principal citada, Katherine Ricke, climatóloga de la Universidad de California en San Diego y del Scripps Institution of Oceanography, describe El Niño como 'uno de esos fenómenos en los que algo ocurre en el Pacífico tropical y reordena la manera en que toda la atmósfera global retiene energía ese año', calificándolo de 'punto de presión definitivo en el sistema climático'. Ricke y sus coautores exploraron la posibilidad de usar la técnica conocida como 'marine cloud brightening' (MCB, o aclarado/abrillantamiento de nubes marinas) para atenuar la radiación solar específicamente sobre el Pacífico. La técnica consiste en rociar agua marina hacia las nubes bajas para aumentar su reflectividad y, así, devolver más luz solar al espacio antes de que caliente el océano.

A diferencia de otros métodos de geoingeniería solar, como la inyección de aerosoles en la estratosfera mediante aviones —que según el artículo solo puede desplegarse a escala global—, el MCB tiene la particularidad de poder aplicarse de forma regional, lo que abre la puerta a intervenciones focalizadas en zonas concretas del océano en vez de a un enfriamiento planetario sostenido.

Como hasta ahora los ensayos reales de MCB solo se han hecho a pequeña escala (el texto menciona proyectos piloto y ensayos controlados aleatorizados de alcance muy limitado), los investigadores recurrieron a un experimento natural que imitó sus efectos: la catastrófica temporada de incendios forestales en Australia de 2019-2020. Aquellos incendios —más de 10.000 focos que liberaron casi un millón de toneladas métricas de humo— constituyeron una de las mayores inyecciones de humo a la estratosfera jamás observadas por satélite. Investigaciones previas citadas en el artículo indican que ese humo, con sus partículas reflectantes, contribuyó a desencadenar una infrecuente 'triple' La Niña consecutiva, el fenómeno opuesto a El Niño.

Apoyándose en ese episodio, Ricke y su equipo construyeron un modelo basado en los efectos de aclarado de nubes producidos por los incendios australianos y lo aplicaron retrospectivamente a dos episodios históricos de El Niño. Según el artículo, la simulación mostró que reducir la cantidad de luz solar que llega a la superficie del Pacífico habría reducido de forma significativa la magnitud de esos episodios de El Niño y, con ello, su impacto climático global.

El trabajo se enmarca así en un giro conceptual respecto a cómo se ha entendido tradicionalmente la geoingeniería solar: no como un contrapeso permanente y global al uso de combustibles fósiles —opción que arrastra un fuerte rechazo por la dificultad de sostener la cooperación internacional que exigiría durante décadas—, sino como una intervención acotada en el tiempo y el espacio, dirigida a amortiguar eventos puntuales como El Niño y evitar que sus efectos se sumen a los del calentamiento global de origen humano. La propia Ricke lo resume señalando que 'la idea de tener que sostener la geoingeniería indefinidamente hace dudar a mucha gente' porque todos entienden lo complicada que sería una cooperación de esa magnitud en el mundo actual, y que este enfoque representa 'una forma totalmente distinta de pensar la geoingeniería'.

El artículo no elude el escepticismo que rodea a estas técnicas. Recuerda que propuestas como la inyección estratosférica de aerosoles, o ideas más especulativas como los espejos espaciales, han despertado desconfianza entre científicos, responsables políticos y la opinión pública, sobre todo por su imprevisibilidad —alterar el clima puede tener consecuencias no deseadas— y por su potencial para generar inestabilidad política. El texto apunta que es probable que un enfoque regionalizado como el propuesto tropiece con los mismos problemas, aunque parece científicamente viable o, al menos, merecedor de más estudio.

Para contrastar, WIRED recoge la valoración de Andrew Dessler, profesor de ciencia atmosférica en Texas A&M University, ajeno al estudio. Dessler considera que 'la tesis parece bastante razonable', pero advierte de que ponerla en práctica sería 'una pesadilla política' que podría derivar en conflicto o incluso guerra si algo saliera mal en lo que sería un escenario del peor caso. Subraya además que los modelos climáticos son imperfectos y existe la posibilidad de generar un problema imprevisto peor que el que se pretendía resolver. En sus palabras, se trata de 'un artículo realmente interesante' del que dice haber aprendido, pero matiza que no lo calificaría de buena idea lista para implementarse.

La propia Ricke coincide con esa cautela: reconoce que quedan muchas cosas por resolver a partir de los modelos antes de intentar algo así en el mundo real. Aun así, defiende que este tipo de investigación puede resultar crucial de cara al futuro si la humanidad no logra frenar la contaminación por combustibles fósiles, resumiendo la motivación de fondo de la geoingeniería solar en una frase: se investiga porque podríamos acabar en un mundo que la necesite.

En conjunto, el artículo no anuncia ninguna aplicación inminente ni un consenso científico cerrado, sino que presenta un estudio de modelización que abre una vía de investigación —la geoingeniería solar regional dirigida a fenómenos climáticos específicos como El Niño— y la somete de inmediato al contraste de una voz externa crítica, dejando claro que se trata de una hipótesis a estudiar y no de una recomendación de política pública.

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