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El plan de Altman para repartir acciones de OpenAI entre los estadounidenses: ¿política real o relato?

🕒 Publicado en Zendoric: 8 de julio de 2026 · 09:15

El artículo de James O'Donnell en MIT Technology Review analiza la reaparición de una idea que Sam Altman lleva promoviendo desde hace años: que los ciudadanos estadounidenses reciban una participación en la riqueza generada por la IA.

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El artículo de James O'Donnell en MIT Technology Review analiza la reaparición de una idea que Sam Altman lleva promoviendo desde hace años: que los ciudadanos estadounidenses reciban una participación en la riqueza generada por la IA. La noticia que reactiva el debate es un informe del Financial Times según el cual Altman está negociando con el presidente Trump la posibilidad de ceder al gobierno de EE. UU. una participación del 5% en OpenAI.

El autor recuerda que la propuesta no es nueva: en 2021 Altman ya planteó una versión mucho más ambiciosa, en la que todas las empresas por encima de cierta valoración de mercado (no solo las de IA) aportarían un 2,5% de su valor cada año a un fondo que repartiría pagos anuales entre los estadounidenses. En abril de este año, OpenAI presentó una versión más acotada de esa idea, muy parecida a lo que ahora se estaría discutiendo con Trump. La propuesta, además, tiene eco político más allá de Altman: el senador Bernie Sanders ha planteado que los estadounidenses reciban directamente un 50% de participación en las principales empresas de IA.

Según el artículo, la lógica detrás de estas propuestas es doble. Por un lado, los modelos de IA se entrenan con trabajo humano —libros, películas, arte— sin que sus autores reciban compensación, por lo que una participación accionarial gratuita funcionaría como una especie de resarcimiento tardío. Por otro lado, el pago serviría como red de seguridad frente a la ansiedad generalizada por un posible colapso del mercado laboral a causa de la IA, aunque el propio texto matiza que los economistas no están de acuerdo sobre la magnitud real de ese riesgo.

En cuanto a las cifras, el artículo ofrece un cálculo concreto: tras su ronda de financiación de marzo, OpenAI fue valorada en 852.000 millones de dólares, lo que situaría un 5% de participación en unos 42.600 millones de dólares actuales. Repartido a partes iguales entre los aproximadamente 133 millones de hogares estadounidenses, esto supondría unos 320 dólares por hogar (de ahí el título del artículo). El autor señala además que OpenAI estaría retrasando su salida a bolsa hasta alcanzar una valoración de un billón de dólares, un objetivo exigente dado su elevado gasto en centros de datos y que la compañía todavía no es rentable.

O'Donnell también apunta que, si el mecanismo funcionase como otros fondos soberanos de riqueza, el gobierno no entregaría las acciones directamente a los ciudadanos, sino que dejaría crecer el fondo y repartiría después una parte de los rendimientos, lo que podría traducirse en pagos mayores en el futuro, si las empresas de IA llegan a ser rentables de forma sostenida.

El artículo plantea también qué ganarían las empresas tecnológicas con este tipo de acuerdos. Por un lado, Altman podría estar buscando mejorar la percepción pública de la IA: el texto cita que la mayoría de los estadounidenses desconfía de que las empresas usen la IA de forma responsable, se opone a la construcción de centros de datos en su entorno, y la mitad de la población está más preocupada que entusiasmada por la creciente presencia de la IA en su vida diaria. Por otro lado, el beneficio mayor podría ser mantener una buena relación con la administración Trump, que —según el artículo— es aficionada a cerrar acuerdos con el sector tecnológico, como su participación accionarial en Intel o su parte en las ventas de Nvidia a China. Mantenerse en buenos términos con la Casa Blanca sería clave para evitar, por ejemplo, que los modelos de una empresa sean considerados un riesgo para la cadena de suministro, o para obtener apoyo frente a competidores chinos; el texto menciona de pasada a Anthropic como ejemplo de que esta relación con la administración es actualmente delicada para las empresas de IA.

La conclusión del autor es que, por ahora, estos planes funcionan más como relato que como política concreta: Altman lleva cinco años hablando de alguna versión de esta idea y, según se ha informado, la propuso a Trump poco después de que asumiera el cargo, pero no hay indicios claros de que se esté materializando un plan concreto. La propuesta más ambiciosa de Sanders tendría, según el artículo, aún menos probabilidades de prosperar.

Finalmente, el texto conecta la propuesta de Altman con el Alaska Permanent Fund, creado en los años setenta para repartir entre los habitantes de Alaska los beneficios del petróleo, bajo dos premisas: que el petróleo es un recurso compartido y que algún día se agotará. El autor señala que Altman parece aceptar la primera premisa aplicada a la IA, pero rechazaría la segunda, ya que ha prometido que la IA generará una riqueza extraordinaria durante décadas. La reflexión final de O'Donnell es que, más allá de si los estadounidenses llegan a recibir algún día un cheque real, el verdadero propósito de la propuesta podría ser convencer a la opinión pública de que el boom de la IA será lo bastante grande como para repartirlo.

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