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Si la IA puede clonar cualquier programa en un fin de semana, ¿qué vale una empresa de software?

🔄 Análisis vivo · se actualiza periódicamenteInvestigación con 8 fuentes · ~9 min de lectura · nuestra opinión · Actualizado 22 de octubre de 2026

✨ Generado con IA · cómo se hace

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Un desarrollador ha publicado gratis siete clones de las aplicaciones de Adobe, hechos con IA. Escribir código ya no es escaso. Nuestra tesis es que el software no pasa a valer cero. Su valor se desplaza del código a todo lo que lo rodea. Es una mala noticia para quien cobra precios abusivos y una buena noticia, a largo plazo, para los usuarios.

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EL CLON DE ADOBE. A principios de octubre, el desarrollador estadounidense Brandon Thomas publicó ArtCraft. Son siete aplicaciones gratuitas y de código abierto que imitan a Photoshop, Illustrator, Premiere, Lightroom, Acrobat, After Effects e InDesign. Según HotHardware, las programó con Claude Opus 5.5, el modelo de Anthropic, y con el lenguaje Rust. Funcionan en macOS, Windows y Linux. Thomas cuenta que lo movió el hartazgo con la «tarifa de cancelación» de Adobe. La llama un «patrón oscuro», que es un diseño pensado para atrapar al cliente. Es el caso más visible de lo que podríamos llamar «Spite SaaS»: clonar por despecho una herramienta de pago y regalarla.

Hay que ponerlo en proporción. Las aplicaciones están en fase alfa, es decir, son versiones muy tempranas. Tienen fallos, se comportan de forma imprevisible y van lentas. El propio Thomas admite que no sirven todavía para uso profesional. Pero la señal importa más que el producto. Marek Kowalkiewicz, de la Universidad Tecnológica de Queensland (QUT), lo resumió así en ABC News: antes, copiar un programa exigía contratar a cien desarrolladores, y ahora «ya no es caro». Ese mismo mes, una herramienta llamada Reverse Engineer Anything, que usa IA para desmontar y replicar funciones de otros programas, llegó a lo más alto de las tendencias de GitHub.

Nuestra tesis es esta. La IA no hace que el software valga cero. Hace que el código valga menos. El valor se desplaza a lo que el código no contiene: los datos, la confianza, la distribución, el cumplimiento normativo, la integración y el soporte. Sufrirán las empresas que cobraban por una interfaz. Las que cobran por resolver un problema completo sufrirán bastante menos.

LO QUE SE COPIA Y LO QUE NO. Un modelo de IA reproduce bien lo que se ve: pantallas, menús, atajos de teclado y funciones básicas. Según HotHardware, los primeros usuarios de PhotoCraft dicen que su diseño calca el de Photoshop. Eso es lo copiable.

Lo difícil está fuera de la pantalla, y son cinco cosas. La primera son los datos: un CRM (el programa que gestiona clientes) vale por los años de historial que guarda, no por sus formularios. La segunda son los efectos de red: Slack o Figma valen más cuanta más gente trabaja dentro a la vez. La tercera es la distribución: Microsoft no vende Excel suelto, lo incluye en un contrato con todo lo demás. La cuarta es el cumplimiento normativo, que abarca certificaciones de seguridad, auditorías y protección de datos. Un hospital o un banco no puede instalar un clon en fase alfa descargado de GitHub. La quinta son la integración y el soporte: alguien que responde a las tres de la madrugada y asume la responsabilidad si algo falla.

Un análisis de 24/7 Wall St. sobre la bolsa apunta en la misma dirección. Los proveedores ya instalados pueden vender IA dentro de sus contratos porque los datos, los permisos y el historial de auditoría están en sus sistemas. Nuestra lectura: el foso no ha desaparecido, ha cambiado de sitio. Antes era «esto es difícil de construir». Ahora es «esto es difícil de sustituir sin romper la empresa».

LO QUE DICE LA BOLSA. Los mercados ya han puesto precio a este miedo. En febrero, Bloomberg describió la venta de acciones de software como la mayor que habían visto los mercados por temor a que la IA desplazara a las empresas. Según Forbes, que cita a Bloomberg, un operador de Jefferies la bautizó «SaaSpocalypse». SaaS (software como servicio) es el programa que se alquila por suscripción en la nube. El detonante, según Bloomberg y Forbes, fueron unos complementos de Anthropic para su herramienta Claude Cowork. Thomson Reuters vivió su peor día en bolsa y monday.com cayó un 21%. Según distintas estimaciones de prensa financiera, el IGV, el fondo cotizado de iShares que agrupa a empresas de software, llegó a perder alrededor del 30% en el año hasta abril.

Después llegó el rebote. Según 24/7 Wall St., entre el 13 de abril y el 12 de octubre el IGV subió un 41%, el doble que el índice Nasdaq-100 (21%). El mismo análisis advierte de que la subida se explica sobre todo porque los inversores pagan más por los mismos beneficios, no porque los beneficios crezcan más deprisa. Nuestra lectura: el mercado ha pasado del pánico al alivio sin pararse a reflexionar. Ni el software murió en abril ni está a salvo en octubre.

EL COBRO POR USUARIO SE AGRIETA, PERO DESPACIO. El miedo de fondo no es el clon gratuito. Es el modelo de cobro. La mayor parte del software para empresas se cobra «por asiento», es decir, por cada empleado con licencia. Si un agente de IA hace el trabajo de diez personas, la empresa necesita menos licencias.

Por eso algunas empresas ya cobran por resultado. Según su página de precios, Intercom cobra 0,99 dólares por cada conversación que su agente Fin resuelve sin ayuda humana. Según informes del sector, Zendesk cobra 1,50 dólares por cada resolución automatizada. Pero los datos de gasto real piden calma. Ramp es una empresa que gestiona los pagos de sus clientes y analiza sus facturas. En abril publicó que, en más de 200 proveedores, los contratos por asiento siguen suponiendo entre el 65% y el 75% del gasto. El cobro por consumo se queda entre el 4% y el 6%, y esas proporciones apenas se han movido en un año. Según Ramp, el 99% de lo que se factura a Adobe sigue siendo por asiento.

Nuestra lectura: el cambio de modelo es real, pero llevará años, no trimestres. Lo más probable es que acabe en un modelo híbrido, con una cuota base más un cobro por uso o por resultado.

LO QUE ENSEÑAN NAPSTER, LINUX Y LOS PERIÓDICOS. No es la primera vez que algo deja de ser escaso. Napster apareció en 1999. En los quince años siguientes, los ingresos de la música grabada en EE. UU. cayeron más de la mitad, según la patronal del sector, la RIAA. La industria no murió. Se recuperó con el streaming, que vende comodidad y catálogo, no archivos. El código abierto convirtió en gratuito el sistema operativo Linux. Aun así, en 2019 IBM pagó 34.000 millones de dólares por Red Hat, una empresa que vive de Linux. IBM no pagaba por el código. Pagaba por el soporte, la certificación y la garantía. Internet hundió los anuncios clasificados de los periódicos, y ahí el golpe sí fue duradero para muchos de ellos.

La lección tiene dos partes. Cuando el producto se vuelve gratis, el valor se va al servicio, a la confianza y a la comodidad. Pero no todas las empresas que dominaban el mercado sobreviven a ese cambio. Sobreviven las que lo lideran.

LA ZONA GRIS LEGAL. Copiar el código fuente de otro es ilegal. Reproducir un programa sin ver su código es otra cosa. La técnica clásica se llama «sala limpia». Un equipo estudia el producto y escribe una especificación. Otro equipo, que nunca ha visto el original, lo programa a partir de ella. Así clonó Phoenix la BIOS de IBM en los años ochenta (la BIOS es el programa básico que arranca un ordenador). La IA reduce ese proceso de meses a minutos. En abril, según Slashdot, dos investigadores presentaron medio en broma malus.sh, un servicio que prometía recrear proyectos de código abierto con licencias «sin copyleft». El copyleft es la cláusula que obliga a mantener abiertas las versiones derivadas de un programa.

El abogado australiano Malcolm Burrows explicó a ABC que un clon es ilegal si es una «reproducción sustancial» del original. Pero añadió que eso es difícil de probar cuando la IA no ha tenido acceso al código, y que el terreno será «muy gris». Hay más frentes. HotHardware recuerda que Adobe tiene miles de patentes sobre funciones y flujos de trabajo. Además, los contratos SaaS suelen prohibir la ingeniería inversa y el uso del servicio para construir un sustituto. Y ya hay pleitos. En julio, Runlayer demandó a Rippling. Según la demanda, Rippling aprovechó una colaboración para construir «esencialmente un clon» de su producto. Son acusaciones aún no probadas. En octubre, OpenEvidence y Doximity cerraron con un acuerdo su disputa sobre la presunta ingeniería inversa de una IA médica.

Hay además una ironía. Un modelo entrenado con el código original difícilmente puede alegar que trabajó en una sala limpia. Esperamos más pleitos y, como prevé Kowalkiewicz, más presión de las grandes empresas para que se endurezca la protección legal.

QUÉ SIGNIFICA ESTO. A corto plazo, los problemas son reales. Aaron Snoswell, investigador de QUT, advierte en ABC de que un estudio independiente que dedicó años a un videojuego puede verlo copiado en un fin de semana. Los más vulnerables no son Adobe ni Microsoft. Son los pequeños creadores, que no tienen abogados ni una marca fuerte. Habrá también recortes en empresas que cobraban mucho por poco, y presión sobre el empleo en equipos que solo mantenían interfaces.

Pero la programación no ha muerto. Ha cambiado lo que importa. Escribir código se abarata. Entender el problema, garantizar la seguridad y responder por el resultado se encarece. Es la misma tesis que defendemos al hablar de empleo: la IA no te quita el trabajo, cambia qué trabajo importa.

A largo plazo somos optimistas. Si el software básico se vuelve casi gratis, un hospital rural, una ONG o un autónomo tendrán herramientas que hoy no pueden pagar. Eso es abundancia en sentido literal. Las empresas tendrán que competir con mejor servicio, no con más ataduras para el cliente. El despecho de un desarrollador no va a tumbar a Adobe. Pero el aviso para toda la industria es claro: si tu único foso era lo caro que resultaba escribir tu código, ya no tienes foso.

Fuentes y referencias