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Si la IA dispara la productividad, ¿por qué no sube tu sueldo? La batalla por el reparto del botín

🔄 Análisis vivo · se actualiza periódicamenteInvestigación con 8 fuentes · ~7 min de lectura · nuestra opinión · Actualizado 6 de noviembre de 2026

✨ Generado con IA · cómo se hace

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Microsoft ofrece la baja voluntaria a unos 60.000 empleados, una cuarta parte de su plantilla, en el mismo mes en que gana 36.600 millones de dólares en un trimestre. La historia económica deja clara una cosa: que una tecnología produzca más no garantiza que el trabajador cobre más. El reparto depende de quién controla la tecnología, de cómo se usa y de las reglas que pongamos. Nuestra tesis es que la IA puede acabar siendo la tecnología más igualadora de la historia, pero solo si ganamos la batalla del reparto en esta década.

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LA CIFRA QUE IMPORTA. El 26 de octubre, Microsoft ofreció la baja voluntaria a unos 60.000 empleados. Son cerca de la cuarta parte de su plantilla mundial, según CNBC, Axios y GeekWire. La oferta llega a todos los niveles, desde vicepresidente hacia abajo, en Estados Unidos, Canadá, India y Reino Unido. Participan divisiones como Xbox, Windows, Copilot y Finanzas. Las condiciones son parecidas a la indemnización estándar de la empresa. Dos días después, Microsoft presentó sus resultados. Facturó 92.300 millones de dólares en un trimestre, un 19% más que un año antes. El beneficio neto fue de 36.600 millones, un 32% más. Un portavoz asegura que la IA no es lo que impulsa estas salidas y que la empresa no necesita menos gente. Fortune y Deadline lo leen de otra forma: como un modo de compensar el enorme gasto en centros de datos, es decir, menos personas y más equipos. No vamos a repetir aquí el debate sobre si la IA sirve de excusa para despedir, que ya publicamos. La pregunta de este análisis es otra, y es distributiva: cuando una tecnología aumenta lo que produce cada trabajador, ¿quién se queda con esa ganancia?

LA HISTORIA YA LO VIVIÓ. La pregunta tiene dos siglos. El historiador económico Robert Allen, de Oxford, bautizó como «pausa de Engels» lo que ocurrió en la Revolución Industrial británica. Entre 1780 y 1840, la producción por trabajador creció un 46%. El salario real, solo un 12%. Entre 1800 y 1830, en plena ola de inventos, el salario real se quedó prácticamente plano. La diferencia se convirtió en beneficios, que los dueños de las fábricas reinvirtieron en más máquinas. Los salarios no despegaron hasta después de 1840. Ayudaron la escasez de mano de obra, los sindicatos y leyes como las de fábricas. Fue una generación entera. La economía moderna repitió el patrón. En 1987, el Nobel Robert Solow formuló su famosa paradoja: «Se ven ordenadores por todas partes, menos en las estadísticas de productividad». Y desde finales de los años setenta, en Estados Unidos, productividad y salarios se separaron. Según el Economic Policy Institute (EPI), un centro de estudios cercano a los sindicatos, entre 1979 y 2025 la productividad creció en torno a un 90%. La retribución por hora del trabajador típico subió alrededor de un tercio. La OCDE ha documentado un desacople parecido, aunque más suave, en muchos países ricos. El dato tiene matices. Economistas como Robert Lawrence sostienen que buena parte de la brecha se debe a cómo se ajustan los precios y a que la maquinaria se deprecia antes. Pero ningún enfoque serio la hace desaparecer del todo.

NUESTRA LECTURA: LA PARTE DEL TRABAJO SE ENCOGE. Este es el dato que más nos preocupa. La Oficina de Estadísticas Laborales de EE.UU. (BLS) mide la «parte del trabajo»: el porcentaje de la renta de las empresas que acaba en salarios y cotizaciones. En el segundo trimestre de 2026 cayó al 52,8%. Es el nivel más bajo desde que empezó la serie, en 1947. Durante gran parte de la posguerra estuvo entre el 60% y el 66%. Al mismo tiempo, la productividad repunta. Según la BLS, creció a un ritmo anual del 3,6% en el tercer trimestre, el mejor dato en dos años. Michael Feroli, economista jefe de JPMorgan para EE.UU., ve posible que esa parte baje del 50% antes de 2030. También hay que mirar el debate de medición. Un análisis de Goldman Sachs atribuye cerca del 40% de la caída desde los noventa a factores contables, como la depreciación. La Tax Foundation sostiene que, si se excluyen esos efectos, el reparto sigue en niveles históricos. Aun así, la tendencia apunta en una sola dirección. David Autor y sus coautores ofrecieron en 2020 una explicación convincente: las «empresas superestrella». Son compañías muy grandes, con pocos empleados por cada dólar que facturan y márgenes enormes. Cuando el mercado se concentra en ellas, la parte del trabajo baja aunque ninguna empresa recorte sueldos. La IA encaja como un guante en ese modelo. Exige enormes inversiones en chips y centros de datos, se beneficia de la escala y tiende al «el ganador se lo lleva casi todo». Nuestra lectura es que el problema no es tecnológico. Es de estructura de mercado. Microsoft no es la villana de la historia. Es la ilustración de manual de una economía que hoy premia al dueño del capital mucho más que al dueño del tiempo de trabajo.

AUTOMATIZAR O AUMENTAR: LA BIFURCACIÓN. Daron Acemoglu y Simon Johnson, ambos del MIT y premios Nobel de Economía en 2024, plantean la cuestión central en «Poder y progreso» (2023). Automatizar significa sustituir al trabajador. Aumentar significa hacerlo más capaz. Solo lo segundo sube los salarios de forma sostenida. Acemoglu advierte además contra la «automatización mediocre»: máquinas que despiden personas sin mejorar de verdad la productividad. Las cajas de autoservicio son el ejemplo clásico. Los primeros estudios con IA generativa dejan una pista esperanzadora. Erik Brynjolfsson (Stanford) y sus coautores estudiaron a 5.179 agentes de atención al cliente. Con un asistente de IA, resolvieron un 14% más de consultas por hora de media. En los novatos y los menos cualificados, la mejora llegó al 34%. En los más expertos fue casi nula. La IA difundía las buenas prácticas de los mejores hacia los demás. Es decir, igualaba hacia arriba. El otro extremo existe, y conviene contarlo. Un ensayo controlado de METR, un laboratorio independiente, siguió en 2025 a 16 programadores veteranos que trabajaban en proyectos que conocían a fondo. Con IA tardaron un 19% más. Ellos, sin embargo, creían haber ido un 20% más rápido. Los autores lo presentan como una foto de un momento concreto, no como una ley. Juntos, estos estudios dicen algo importante. La IA ayuda sobre todo al que menos sabe. Eso podría comprimir la desigualdad salarial dentro de cada oficio. Pero lo hará solo si la empresa usa la herramienta para que el novato rinda como un veterano y le paga en consecuencia. Si la usa para prescindir del veterano, o para no contratar al novato, la igualación se convierte en recorte.

IMPLICACIONES: CÓMO SE GANA EL REPARTO. A corto plazo no vamos a edulcorar nada. Los próximos años pueden parecerse a una pausa de Engels. Habrá productividad al alza, beneficios récord, salarios estancados y presión sobre el empleo administrativo, que es lo más expuesto según nuestra serie sectorial. La diferencia con 1830 es que esta vez sabemos qué cerró la brecha entonces: instituciones, no tecnología. De ahí salen tres palancas concretas. La primera es la competencia. Si la IA no queda encerrada en tres o cuatro gigantes, la ganancia se reparte mejor, en forma de precios más bajos y de nuevas empresas. Por eso los modelos abiertos, que cualquiera puede descargar y usar, son una buena noticia distributiva y no solo técnica. La segunda es la fiscalidad y la propiedad. Hoy muchos sistemas fiscales gravan más el trabajo que el capital. Eso empuja a las empresas a automatizar en lugar de aumentar. Corregir ese sesgo y ampliar la participación de los trabajadores en el capital, mediante acciones o fondos, cambia los incentivos. La tercera es la negociación. Las empresas que aumentan la capacidad de su gente deberían poder demostrarlo en sus nóminas, no solo en sus cuentas de resultados. A largo plazo, nuestra apuesta sigue siendo optimista. Una IA que multiplica lo que produce cada persona puede abaratar la medicina, acelerar la cura de enfermedades y generar una abundancia que permita trabajar en lo que a uno le apasiona. Pero la abundancia no se reparte sola. Nunca lo hizo. La pregunta de esta década no es si la IA hará la tarta más grande. Eso ya está ocurriendo. La pregunta es quién la corta. Esa decisión es política, y todavía estamos a tiempo de tomarla bien.

Fuentes y referencias