El arte de la guerra en la era de la IA: la niebla no se disipa, cambia de bando
Ucrania fabrica millones de drones, el Pentágono apuesta 54.600 millones de dólares por la guerra autónoma y la ONU se juega en 2026 su último tren regulatorio. Releemos a Sun Tzu y a Clausewitz para entender lo que los algoritmos cambian de verdad en la guerra — y lo que no cambiarán jamás.
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NUESTRA TESIS: la IA no está cambiando la naturaleza de la guerra, está reescribiendo su gramática. La guerra sigue siendo lo que Clausewitz dijo que era —un acto político, humano, dominado por la incertidumbre y la fricción— pero los medios para librarla se están desplazando del músculo al algoritmo a una velocidad que la gobernanza no acompaña. Y la batalla decisiva de esta década no se librará entre enjambres de drones: se librará en torno a una pregunta de apariencia técnica y fondo civilizatorio, quién —o qué— decide apretar el gatillo. 2026 es, literalmente, la fecha límite que la propia ONU se ha puesto para responderla.
Empecemos por los hechos, que son menos cinematográficos que el relato. Ucrania se ha convertido en el laboratorio de la guerra algorítmica: produce drones a escala industrial —más de tres millones anuales entre plataformas aéreas, terrestres y marítimas, con proyección de siete millones en 2026— y empresas como The Fourth Law venden módulos de autonomía de unos 50 dólares que se acoplan a drones existentes y, según sus fabricantes, cuadruplican la tasa de éxito de los ataques frente al pilotaje humano bajo interferencia electrónica. Rusia responde equipando sus drones V2U y Shahed con procesadores Nvidia Jetson y visión por computador para navegar en entornos con GPS bloqueado. Es la primera guerra en que el software se itera semanalmente contra un adversario que también itera.
Pero atención al matiz, porque aquí es donde el marketing bélico se separa de la capacidad demostrada: el enjambre autónomo coordinado —drones que se comunican entre sí, se reparten objetivos y se reorganizan solos— todavía no existe en el campo de batalla. Ni Ucrania ni Rusia lo han logrado. Lo que hay son drones individuales con autonomía terminal (persiguen el objetivo cuando el operador pierde el enlace) y visión artificial que aún confunde soldados con civiles y pierde objetivos rápidos. Los propios ingenieros del sector estiman que la supervisión humana seguirá siendo necesaria diez o quince años más. Como venimos repitiendo en esta casa: distingamos siempre la aspiración del hecho verificado.
Aquí entra Clausewitz. La promesa de Silicon Valley aplicada a la defensa es la disolución de la 'niebla de la guerra': sensores ubicuos, fusión de datos, el campo de batalla transparente. Nuestra lectura es que esa promesa repite un error conceptual antiguo. La niebla clausewitziana no era un problema de falta de datos, sino de exceso de incertidumbre humana: miedo, azar, fricción, engaño. Los sensores no la disipan; la desplazan. Cuando comprimes la realidad en imágenes 2D procesadas por una red neuronal, el camuflaje barato vuelve a funcionar, el señuelo de contrachapado se come un misil de cien mil dólares, y aparece una niebla nueva: la del propio sistema, cuyas decisiones nadie puede auditar en tiempo real. La niebla no se levanta; cambia de bando y de naturaleza. Y un ejército que se cree omnisciente porque su dashboard está lleno es más frágil, no menos, que uno que asume su ceguera.
Sun Tzu, en cambio, sale reforzado de esta era. 'La suprema excelencia consiste en vencer sin combatir' es, literalmente, el manual de la guerra cognitiva contemporánea: operaciones de influencia hiperpersonalizadas, desinformación generativa a escala, sabotaje de la percepción del adversario antes del primer disparo. Y también del espionaje automatizado: Anthropic documentó a finales de 2025 la primera campaña de ciberespionaje orquestada por IA de la que se tiene constancia —atribuida con alta confianza a un grupo vinculado al Estado chino— en la que el modelo ejecutó entre el 80% y el 90% del ataque contra una treintena de objetivos, con humanos interviniendo solo en decisiones clave. Es la confirmación de una tesis que sostenemos desde hace meses: el peligro real y presente de la IA militar no es la superinteligencia lejana, es la industrialización del engaño, el fraude y la intrusión hoy.
Hay, sin embargo, una ironía que Sun Tzu habría saboreado: la IA es estructuralmente mala en aquello que él consideraba la esencia de la guerra. Toda guerra se basa en el engaño, y los sistemas de aprendizaje automático —entrenados sobre patrones del pasado, hambrientos de datos que el adversario puede envenenar— son precisamente máquinas de ser engañadas. Analistas militares estadounidenses llevan años advirtiéndolo: el bando que entienda esto usará la IA del rival como superficie de ataque. La deception adversarial es la versión siglo XXI de las hogueras falsas.
El capítulo más incómodo es el del targeting algorítmico, y hay que contarlo con el rigor que exige. Según investigaciones periodísticas (+972 Magazine, Local Call) y evaluaciones de organizaciones como Human Rights Watch, el ejército israelí habría empleado en Gaza sistemas de apoyo a la decisión como Lavender y Habsora que asignaban 'puntuaciones de riesgo' a individuos —hasta 37.000 personas marcadas como presuntos milicianos, según esas fuentes— con revisión humana mínima. Israel disputa esa caracterización y sostiene que los sistemas son herramientas de análisis con decisión humana final. No podemos verificar independientemente ninguna de las dos versiones. Pero el debate jurídico que ha abierto es objetivo y enorme: cuando un humano dedica segundos a validar lo que un algoritmo recomienda, ¿hay 'control humano significativo' o hay teatro de control? La psicología lo tiene documentado desde hace décadas: se llama sesgo de automatización, y ninguna directiva militar lo deroga.
Esa es exactamente la grieta por la que se cuela la carrera EE.UU.–China. El Pentágono enterró en 2025 su iniciativa Replicator —prometió miles de drones baratos y entregó cientos— y la ha reemplazado por el Defense Autonomous Warfare Group (DAWG), con una petición presupuestaria de 54.600 millones de dólares para 2027: la mayor apuesta por la guerra autónoma de la historia, ahora centrada en el software de orquestación de enjambres más que en el hardware. China, por su parte, avanza en su doctrina de 'guerra inteligentizada': según reportes de prensa especializada, una institución del EPL demostró en enero de 2026 un sistema que permite a un solo soldado supervisar 200 drones. Nuestra lectura, coherente con lo que dijimos al analizar el informe CNAS: cuidado con los marcadores. 'Un soldado, 200 drones' es un dato de demo, no de combate; y el fracaso de Replicator demuestra que entre el PowerPoint y el campo de batalla hay un valle donde mueren la mayoría de las promesas. Lo que sí es real en ambas potencias es la dirección del viaje: presupuestos masivos, plazos comprimidos y una presión competitiva que erosiona, silenciosamente, el estándar de supervisión humana. El propio Congreso estadounidense se pregunta ya si la directiva 3000.09 —'niveles apropiados de juicio humano'— es físicamente cumplible con miles de sistemas autónomos simultáneos.
Y mientras tanto, la diplomacia corre su propia carrera contra el reloj. En 2023, 164 Estados votaron a favor de la primera resolución de la Asamblea General sobre armas autónomas; el secretario general Guterres, que las considera 'políticamente inaceptables y moralmente repugnantes', fijó 2026 como plazo para un instrumento jurídicamente vinculante. Más de 120 países apoyan un tratado con enfoque de dos niveles: prohibir los sistemas incapaces de distinguir civiles de combatientes y regular estrictamente el resto. Estados Unidos prefiere códigos de conducta voluntarios; Rusia bloquea; China juega a dos barajas. El nudo es conceptual además de político: nadie ha logrado definir 'control humano significativo' de forma operativa, y cada potencia estira la ambigüedad hacia donde le conviene.
Nuestra lectura de fondo: el riesgo más grave a corto plazo no es el 'robot asesino' de la ciencia ficción, sino tres cosas mucho más prosaicas. Uno, la proliferación: un módulo de autonomía de 50 dólares no es una tecnología de gran potencia, es una tecnología de cualquiera —incluidos actores no estatales—, y eso no se controla con tratados entre gigantes. Dos, la velocidad: cuando ambos bandos deleguen decisiones tácticas en máquinas que operan en milisegundos, el tiempo para desescalar un incidente se comprime hasta desaparecer; la estabilidad de la disuasión se construyó sobre horas de deliberación humana, y estamos serrando esa rama. Tres, la erosión gradual: nadie decidirá un día 'quitemos al humano del bucle'; simplemente cada revisión humana será un poco más rápida, un poco más formal, hasta que el control sea una ficción jurídica. La guerra seguirá siendo política por otros medios; el peligro es que los medios empiecen a marcar el tempo de la política.
Dicho esto —y aquí mantenemos nuestro optimismo, matizado y de largo plazo—, hay razones sólidas para no caer en el fatalismo del 'la carrera es imparable'. Primera: la historia demuestra que sí se han regulado tecnologías militares en plena carrera —los láseres cegadores se prohibieron en 1995 antes de desplegarse masivamente, las armas químicas tienen un régimen de verificación que funciona razonablemente—. Segunda: la misma IA que ataca, defiende; los interceptores ucranianos han derribado más de mil Shaheds, y en ciberseguridad la automatización defensiva avanza tan rápido como la ofensiva. Tercera: la transparencia algorítmica es técnicamente más verificable que la biología o la química — un régimen de inspección de sistemas autónomos es difícil, no imposible, y ya existen precedentes de gobernanza donde el modelo mismo se trata como activo estratégico controlable, como vimos con los controles de exportación de modelos frontera.
Y hay una asimetría final que conviene no perder de vista. La IA militar es un subproducto: los mismos avances en visión, planificación y autonomía que hoy guían un dron kamikaze son los que mañana desminarán los campos de Ucrania —hay millones de minas enterradas que tardarían décadas en limpiarse a mano—, optimizarán evacuaciones médicas, verificarán altos el fuego con sensores neutrales y, en el horizonte que defendemos en esta casa, contribuirán a erradicar enfermedades y generar la abundancia que desactiva parte de las causas materiales de la guerra. Sun Tzu escribió que la suprema excelencia es vencer sin combatir; la versión ambiciosa y realista de esa máxima para el siglo XXI es construir un mundo donde combatir sea cada vez menos rentable para todos. No es ingenuidad: es la única estrategia de salida que escala.
Implicaciones prácticas. Para los gobiernos: 2026 no es una fecha simbólica; si el tratado no llega este año, la velocidad de despliegue hará que cualquier regulación futura nazca obsoleta — y regular después del despliegue masivo es siempre regular el pánico, no la capacidad. Para la industria tecnológica: la frontera entre lo civil y lo militar ya no existe (un chip de consumo vuela en un Shahed), y eso obliga a las empresas de IA a asumir responsabilidades de actor geopolítico, les guste o no. Para los ciudadanos: exijan a sus representantes posiciones concretas sobre control humano significativo, porque es de las pocas cuestiones donde la opinión pública global —164 votos a favor lo atestiguan— va por delante de sus gobiernos. La guerra ha tenido siempre un arte; la tarea de esta década es impedir que se convierta en un proceso automatizado sin autor al que pedir cuentas.
Fuentes y referencias
- IEEE Spectrum — How Autonomous Drone Warfare Is Emerging in Ukraine
- Defense One — The Pentagon's $54 billion bet on autonomous warfare
- UN News — Guterres: 'killer robots' are politically unacceptable, morally repugnant
- Stop Killer Robots — 164 states vote for the UNGA resolution on autonomous weapons
- Journal of International Humanitarian Legal Studies (Brill) — The Use of 'Lavender' in Gaza and the Law of Targeting
- Anthropic — Disrupting the first reported AI-orchestrated cyber espionage campaign
- ETH Zurich CSS — Clausewitz in the Age of AI
- USNI Proceedings — Sun Tzu Versus AI: Why Artificial Intelligence Can Fail in Great Power Conflict


